En Camino a las Tortillas

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lo que le paso a una doñita en camino a las tortillas.

Submitted: June 22, 2016

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Submitted: June 22, 2016

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En Camino a las Tortillas

 

I.

 Mauricio fue devuelto a la conciencia por los mismos gritos que le habían brindado el favor por la mayor parte de las pasadas dos décadas.

En la sala, se podía apreciar la presencia del interrumpiente relajo (cuya existencia se proclamaba propietario de los perpetuos levantamientos antedichos):

 

“Dejen de estar chingando, porfavor!”

“Ya tragaron anoche, de que se quejan?!”

“Yo a su edad me aventaba días sin tragar, pinches chamacos malagradecidos!”

 

El cariño materno de su apasionadamente adamante esposa encontró su respuesta escrita en los incesantes chillidos de sus niños hambrientos.

Carmela tenía razón, los niños habían comido anoche. Incluso, hasta su propia ración habia cedido Mauricio por asegurarse que sus herederos pudieran declararse dichosos de una panza llena.

Su amor por los (justificadamente) exigentes mocosos encontraba razón tras la lógica de aquel eterno refrán Abuelitario:

 

Panza llena, corazón contento.

 

Y, si. Evidenciando la validez de esto estaban las sonrisas alumbrantes estiradas (aún más intensamente que su modesto sueldo de carpintero) a lo largo de aquellas hermosas caras juveniles.

Entre malabares de frijolitos y máscaras de tortillas quemadas a la perfección, Mauricio y sus niños encontraban la simpleza de la felicidad.

En cuanto a su propio régimen alimenticio, no le costaba mucho el no prestarle atención. Aun con panza vacía, su corazón era contento al ver como gritaban de alegria sus cachorros en desarrollo.

Carmela, por el otro lado, no encontraba muchas razones por las cuales sonreir.

Odiaba el hecho que tuviera que regalarle parte de su comida a los escuincles que le habían puesto alto a sus sueños.

Odiaba como goteaba el techo de la casa aun cuando no llovía, y tener que escuchar las vibraciones sónicas de cada última gota cuando su recorrido lograba culminar su viaje en el fondo de una de las dos cazuelas que encontraban refugio dentro de la casa.

Odiaba a Mauricio, y su incompetencia en lograr ascender de su puesto como carpintero.

Se odiaba a si misma, por encontrarse en tan pesima situacion de vida, y no tener la capacidad de hacer algo al respecto.

Y, si no habia encontrado la motivación suficiente como para clavarse una daga en el templo, o encajar el filo de alguna navaja oxidada a lo largo de sus aborrecentes venas, era por los momentos de lucidez vaginal que le brindaban sus propias manos cuando en profunda contemplación fantasiosa (asistida, ocasionalmente, por una inundante porción de vino que compraba de vez en cuando con el dinero que Mauricio le daba para las tortillas).

Fue después de lo que le pareció ser un eterno concierto de quejas debilitantes que Carmela decidió reclamarle la cartera a Mauricio un poco antes de lo esperado con tal de darles de tragar a los fregados escuincles y callarles el hocico (sin tener que reventarlos a golpes).

Entró a la recamara para encontrar a su marido empezando su rutina de preparacion.

Le dirigió la palabra en el tono amorosamente rígido con el que acostumbraba hacerlo.

“Dame la pinche cartera.”

“Mañana nos toca pagar la renta, Carmela. No tengo para el mandado. Ve con Susana y pídele un poco de comida para los niños, porfavor.”

“Si crees que voy a andar arrastrando mi pinche reputación porque el inutil de mi marido es demasiado pendejo como para darle de tragar a su familia, estas muy equivocado Mauricio. Dame la puta cartera.”

El silencio se apoderó de la casa. Detrás de la puerta que brindaba paso a la recamara de sus padres, los niños temblaban de ansiedad al saber que el confrontamiento había sido producto de sus incontrolables impulsos.

Mauricio logró echar un vistazo a los ojos de Hugo y Luis (que, a pesar de sus creencias, eran completamente visibles por los hoyos que plagaban la carcomida puerta).

Fue la desesperadamente hambrienta mirada de ansiedad que encontró en sus rostros la que lo convenció a seguir las instrucciones de su despreciante esposa.

“Te dare lo suficiente para las tortillas, pero no puedo ofrecerte nada más. Más vale un poco de hambre y mantener el techo sobre nuestras cabezas que echar a perder todo por unas cuantas horas de llenadera.”

Carmela tomó el dinero de la mano de su marido, y, sin voltear a ver a sus confundidos hijos, salió de la casa, y se puso en camino a las tortillas.


 

II.

 Camino eternamente por las calles de tierra en donde habían quedado estancadas sus ambiciones, sus sueños, su hambre por alcanzar la grandeza novelera que tanto fuego interno le habia proveido en su juventud.

Siguió recorriendo aquel aborrecido paisaje hasta llegar al abarrotes que había conocido toda su vida, y que fue testigo (asi como el resto de su pueblo natal) de cómo su pasión altanera se convirtió en nada más que un simple rugido de incapacidad.

Doña Juanita (como acostumbraba hacerlo) le dio la bienvenida con su sonrisa innegablemente alegre, un paraiso chimuelo de pocos pilares careados.

Carmela se propuso a hacer su recorrido por los húmedos pasillos de escaza mercancía, y mordió su odiosa lengua al pasar por los Gansitos y otras chucherías que deslizaron un rugido de hambre en los contenidos de su panza vacía.

Cogió lo que vino a buscar, y sino otra ola de furia al pasar por las botellas de vino barato que en este momento no podía no voltear a ver.

Doña Juanita proceso su humilde compra con notable maestría, y le dio las gracias por mantener su clientela fiel al Abarrotes Juanita (Doña Marcela, su competencia, había logrado arrasar con lo que ella estimaba era un cuarenta por ciento de sus cliente cuando estableció su propio centro de comercio al otro extremo del pueblo).

Carmela respondió a los intentos de conversación con nada más que una forzada sonrisa y un parpadear de los ojos.

Cogió su bolsa y emprendió su camino de regreso a su laberinto deprimente.

El proceso transcurrió como siempre; predeciblemente olvidable, típicamente callado.

A dos cuadras de su casa, logró verla (ya que las indecoradas calles no presumian ningun adorno que obstruyera la vista), y decidió irse por una ruta distinta a la que era su hábito.

Dio vuelta a su derecha, y continuó su flujo de pasos.

Siguió su recorrido perdida en sus frustradas contemplaciones, y no se dio ni la más mínima cuenta de cómo poco a poco cambiaban sus alrededores.

Poco a poco, las tierras desérticas brotaban manchones desparramados de vegetación, y el sol penetrante de su enfureciente pueblo se vio escondido detrás de una congregación de nubes que, al parecer, aterrizaron en precisamente el lugar necesario para brindar sombra a Carmela, y seguir dando la dicha conforme avanzaban sus pies.

Fue cuando su propio sistema nervioso se vio alarmado en cara a la falta de sudor que volvió a la conciencia, y logró darse cuenta de cómo se habían transformado sus alrededores.

Giro su vista trescientos-sesenta grados, y no logro rescatar ni un rastro de evidencia que le ofreciera la imagen de su confort casero.

Sintió como la ansiedad y el desespero se apoderaban de su conciencia, y batallo al querer controlar su respiración.

Camino temblorosamente por una volátil ruta que su electrizada mente escojia en torno a las indicaciones que le daba la cada vez más elevada desesperación de su ser.

Fue después de varios minutos de ambular sin propósito que logró toparse con el primer ser viviente que había tenido el placer de ver desde su partida del abarrotes.

Era un vagabundo cualquiera, aparentemente ebrio (o, en recuperación de alguna cruda fatal), almorzando cómodamente sobre una roca que parecía haberse moldeado a sus exactas dimensiones físicas.

Normalmente, Carmela hubiera fruncido cara en asco al tan siquiera imaginarse interactuando con tal tipo de persona. Pero, las circunstancias la dejaban sin ninguna otra opción.

Se tragó su orgullo (que, en la actualidad, se miraba consumido por el miedo) y le dirigió una palabra temerosamente temblorosa.

“Oiga, usted no sabe como llegar a La Piedad?”

El hombre siguió masticando su último mordisco de manzana, y le respondió a Carmela sin brindar la vista.

“Si.”

Fue un silencio incomodo para Carmela el que tomó cargo del intercambio por los próximos diez segundos.

Su incerteza al cómo reaccionar por fin vio su manifestación en una pregunta notablemente demandante.

“Bueno, pues… me dice?”

El hombre se dio el lujo de sacarse un último pedazo de manzana que había encontrado un hogar entre dos dientes amarillos y excesivamente alargados.

“Pues, fíjese que la manzana no me lleno. Y, para serle completamente honesto, las tortillas que trae en la mano se ven bien sabrosas.”

A Carmela le tomó un segundo descifrar la declaración, pero inmediatamente se propuso a darle lo que deseaba al hombre una vez satisfactoriamente digeridas las palabras.

“Pues, fíjese que están crudas, las acabo de comprar hace-”

Aquí, Carmela se dio cuenta que no tenía ni idea de cuánto tiempo había pasado desde que se había ido de su casa.

“-...pues, hace buen rato.”

El hombre le respondió con completa serenidad.

“No le hace, hombre, con tener para hacer mis bolitas de caca me contento. Hechelas pa’ aca.”

Carmela siguió las instrucciones al pie de la letra.

Se acercó al hombre para darle lo prometido, y se vio sorprendida de sí misma al ver la calma con la que procedían sus movimientos.

Hubiera tomado un poco más tiempo en analizar la rareza de la situación, pero , considerando todo lo ocurrido a lo largo de este dia, decidio no prestarle mas atencion de la que le habia dado.

Le entregó el paquete de 24 (ahora con veinticinco por ciento más producto) al vagabundo, para que sacara de adentro lo que su corazón deseara.

El hombre cogió de los contenidos tres tortillas con sus manos artísticamente chocrosas, y comenzó a devorarlas en su crudeza con mordiscos relajadamente airosos.

Mientras comía, Carmela le dirigió la palabra- esta vez infinitamente más pacifista.

“Oiga, y no sabria decirme en dónde estamos?”

El hombre se aseguro de adecuadamente masticar su comida antes de responderle.

“Pues, para mi ver, estamos teniendo un agradable almuerzo y conversando, no?”

Carmela concedió que el hombre tenia la razon.

“No, bueno, pues muy cierto eso. Pero, oiga, cómo se llama usted?”

Ya acabada su ración alimenticia, el hombre le respondió sin pausa.

“Pues, fíjese, la mera neta, la gente me ha dicho que me llamó de todo a lo largo de mi vida. Si nos basamos en eso, pues me podría llamar pendejo, ojete, malviviente, basura, idiota, inutil, pinche estupido imbecil. Si usted gusta, llameme por cualquiera de esos, o algun otro que se le ocurra.”

Carmela se quedo sin palabras, y esta fue una realidad traicionada por la confundida mirada en la que su cara estaba contorsionada.

“Bueno, pues como veo que no le agradaron esos, llameme El Polaca.”

“El Polaca?”

“Si. Es que fíjese que yo he andado por todo el mundo, polaqui y polaca.”

Carmela no pudo resistir soltar una carcajeada. La primera, penso, que habia genuinamente producido en años.

“Bueno, Polaca, a que se dedica usted?”

El Polaca pensó un momento, y le respondió con una leve risa y sonrisa en la cara.

“A ser feliz.”

La palabra le sonaba ajena a Carmela, pues nunca había tomado el tiempo para apreciar lo brillantemente elocuente que era. Interesadamente curiosa, le pidió al Polaca que elaborara.

“Y, oiga, cómo es que le hace?”

“Para?”

“Pues, para ser feliz, oiga.”

“Bueno, si nos enfocamos en lo físico, le podría ofrecer la siguiente explicación: Me levanto, exprimo la macana, dejo salir uno que otro cerotillo, y después me siento en mi roca.”

Carmela se vio mas confundida que nunca.

“Y, con eso tiene para ser feliz?”

“Efectivamente, señora.”

El silencio se apoderó una vez mas de nuestro duo conversante.

Era notable que el silencio de Carmela era debido a su confusion.

El temple que le había sobrado para producir abuso verbal en cara a su familia le hacía dolida falta para fabricarle otra pregunta al Polaca.

Como si entendiendo la situación enteramente, nuestro querido vagabundo se tomo la libertad de responderle a su silencio.

“Ahora, si nos enfocamos en lo mental, le podría ofrecer la siguiente explicación: En mi vida, he sido, artista, filósofo, músico, genio, maestro, emperador, y cualquier otra denominación de grandeza que se le ocurra. Yo a temprana edad me di cuenta que el candado de nuestra existencia resta en la percepción, y la llave de este se encuentre en darnos cuenta que la nuestra importa infinitamente más que cualquier otra, y, al final del día, es la que decide el curso de nuestras vidas.”

Carmela una vez más se vio sin palabras en cara al diluvio de revelaciones que el Polaca le había dado.

“Ah, por cierto, La Piedad queda para allá.”

Apuntó un dedo largo, torcido, y sucio en la dirección contraria a la vista de Carmela, y le enseñó un camino que inexplicablemente no había logrado ver en sus interminables rotaciones de cuellos.

Con voz seca, pero notablemente diferente, le dio las gracias al Polaca por su ayuda.

“Bueno, muchas gracias, oiga, y cuidese.”

“De nada, señora, igualmente.”

Carmela cogió las tortillas, y emprendió su camino de vuelta a casa.

Sin voltear a verlo, alcanzó a oír una última expresión lingüística del lugar donde habia habia dejado tres tortillas.

“Ay, guey! Nunca me había tocado ser Dios, chavos!”

 

III.

 Mauricio fue devuelto a la conciencia por los mismos gritos que le habían brindado el favor por las pasadas dos décadas.

En la sala, se podía apreciar la presencia del interrumpiente relajo (cuya existencia se proclamaba propietario de los perpetuos levantamientos antedichos):

 

“Coman bien, niños! Para crecer grandes y fuertes!”

“Acabese toda la comida, mi niño!”

“Mauri, corazon! Ven a desayunar!”

 

Mauricio salió de su cama con un brinco alarmado, y la cara fruncida en notable confusión.

Echo un vistazo a la cocina, y no pudo creer lo que la dio la bienvenida a la mañana.

Tocino, huevos, pan, mermelada, jamón, papa rayada, y todo otra clase de delicia culinaria.

Hugo y Luis comian alegremente, y gritaban de alegria cada vez que su madre les brindaba un coscorrón juguetón por comerse la comida sin utilizar los utensilios.

Mauricio, aún asombrado por lo que estaba viendo, le hizo una pregunta a su mujer.

“Vieja, esta requete chulisimo todo esto, pero… como le hiciste?”

“Le pedí dinero prestado a Susana y Marcos, viejo. Por pagarles no te preocupes, ya me dijeron que a nuestro paso nos encargamos de eso. Ya me consegui una chambita en el abarrotes con Doña Juana, y vas a ver como poco a poco la vamos a librar.”

Mauricio no pudo más que darle una mirada de asombro total, y se quedó hasta más paralizado cuando Carmela le brindó un beso en la mejilla, y le señaló que se sentara a comer.

 

IV.

 Esa noche, entre malabares de frijolitos y máscaras de tortillas quemadas a la perfección, la familia encontró la simpleza de la felicidad.

Los niños roncaban con triunfante satisfacción, y Mauricio hacía lo mismo en la recamara con su esposa a lado.

 

Y, Carmela?

Carmela se vio tiernamente envuelta en la cobija de la inconsciencia, guiada delicadamente por las sinfonías líquidas que le susurraban las gotas del techo al caer en la cazuela.

 


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