nunca terminado

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Status: Finished  |  Genre: Literary Fiction  |  House: Booksie Classic
Lucy y Estefan son dos personas que pronto se casarán.
Jesús es alguien que quiere ser escritor.
Joaquín e Irina son dos personas que viven dificilmente en el presente. Un día, se encuentran.

Submitted: June 16, 2017

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Submitted: June 16, 2017

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nunca terminado

por jesús aguilar

planos el uno sobre el otro como la corteza de arizona dispusieron los cuerpos sobre el barro algunos todavía emanando de sus entrañas y a veces convulsionando rápido como lo hacen los fríos muertos y a veces algunos emanaban de sus cuerpos. La figura volteó y se acercó al árbol de mango que crecía de la espesa grama, el árbol rompiendo la monótona ilusión del llano. Extrajo un cigarro y se sentó bajo la sombra, acompañado por las cigarras y los guijarros, y observó ese sencillo paisaje demasiado verde, demasiado viejo, demasiado hogareño: una línea perfectamente horizontal trazada tan allá como llegaba la vista, y sobre ella, el azul, profundo.  Un molino crecía perpendicular a la horizontal, único descanso al verde y al azul, y a su unión allá donde se cansa la mirada. Remedios en su lecho de muerte, cantando esa cancioncilla que debió oír de joven, ahora nadando y tratando de sobrevivir una inundación de recuerdos, de memorias medio vividas, medio fantasías, de momentos ficticios creados en la desilusión del momento, a casa volveré con mis pies en el suelo y cantaré como lo hice otra vez tra la lalala lala, llorando con frecuencia de noche, y preguntando por el viejo, por su perro, por si mamá le iba a hacer pastel de manzana más tarde, y  la mayor parte del tiempo él no podía decir nada, no sabía si debía decir algo, si podía decir algo, así que se quedaba callado, o le decía que se callase, que fuese a dormir, que no había pastel de manzana, que no había perro, y ella sollozaba un poco en la oscuridad, callada, tratando de no hacer ruido, no hacer ruido para no despertar a papá, le confió en una ocasión. Remedios, con su sombrero de paja, el bastón en mano, sonriendo, una sonrisa demasiado jovial para una vieja, demasiado limpia, demasiado buena y pura. El ganado, ya todo muerto, yacía organizado en un pequeño cúmulo, arrojados el uno sobre el otro, planos como la corteza de arizona. Joaquín se levantó y se acercó a ellos, les lanzó la coletilla ahora consumida, les lanzó un bidón entero de gasolina. Cuando se montó en la camioneta y arrancó al sur, a sus seis sólo podía ver el árbol de mango y el molino, y un gran fantasma de humo que ascendía y oscurecía el azul del cielo. En cierto punto, el árbol desapareció, como lo hizo el molino, consumidos por la traza horizontal, pero el fantasma permanecía.

 

Cuando se volvieron a ver, ella no parecía la misma persona. Se había pintado el cabello, las uñas, los labios, se había delineado las cejas, se había cortado el pelo, se había maquillado la cara, se había comprado nueva ropa, se había olvidado un tanto de cómo se trataban. Hablaron un tanto y bebieron otro poco. Antes de subir al escenario, él le dedicó el toque: que va para ti, chica de pelo rojo. El baterista contó hasta tres con las baquetas.

Cuando se volvieron a despedir, ella no parecía saber qué decir, y él no sabía qué decir. Se acercó pero ella le apartó, no, por supuesto que no. Gustavo estaba ahí, en todo momento, a toda hora de aquella noche, y a toda hora de la vida de ella, porque los amores más puros son los amores perdidos, los amores interrumpidos en su quid, en el cenit, y él no podía luchar contra ello, lo sabía. Se conformó con guiñarle un ojo y desearle buenas noches: espero que nos veamos pronto, chica de pelo rojo.

Ella subió a la máquina y arrancó. Él bebió un largo rato más hasta su conciencia.

Un cuerpo naranja superpuesto en otro sin tocarse a millones de kilómetros, ahora oscureciendo, ahora yéndose todo indicio de la existencia de luz además de los ojos que le observaban a miles de millones de kilómetros, arriba, abajo, apagados y encendidos. Sus ojos los ojos que le observaban ahora no eran de ella pero eran tan familiares como los otros como otros de hace no tanto, otros de un destino distinto, tonto, mano suspendida en el aire y gotas florecientes ascendiendo al valjala áureo en un soplo de piel distintos ojos de él crujiendo la madera de casa de sus padres mientras no debían la piel del otro una risa demasiado pura una gota floreciente demasiado pálida sobre su cabeza, carnal, questo senso tu, ególatra, vano mentiroso vil grosero borracho, insufrible canto de la imbécil de tu tía la que pregunta demasiado y no otorga soplos de piel y mama que aquel que no te deseo a ti y lo lamento habría estado bien pero no servirá ed lo siento, no, no servirá, tú él yo sí no servirá pero debería si lo intentásemos un final feliz un amor en tres imbéciles y alternativas realidades que pueden no ser las ideales así que tócala de nuevo mi querida chica de pelo rojo no no no si hicieses un poco de silencio podrías oír lo que siento lo que quiero y lo que quiero es que abras los ojos al maldito camino abre los ojos al maldito camino gus por qué no pudiste abrir los malditos ojos al maldito camino que se extiende frente a ti mientras yaces muriendo me pregunto si pensaste en

Sin gas se detuvo en el camino. Dejó el automóvil al lado de la carretera, y esperó. Ningún espíritu pasaba por la carretera a ésta hora. Levantó el pulgar hacia Dios, un poco molesta consigo misma y dándose cuenta de que habría pasado el último pueblo hace media hora. A lo largo de la arboleda se mueve un cuerpo, ¿Alguna vez he sentido otra cosa aparte de dolor?, hambre, frío, calor, todas ellas más de carácter animal que humano, ¿alguna vez he sentido otra cosa además de ese vacío ocasional cuando noto lo que he perdido?, los animales pueden sentirlo también a través de algo más similar a estimuli que nada, entonces, ¿qué nos separa a la larga?, sino ser capaz de saberlo. Elevo un silbido al aire, mientras dejo el acelerador pulsado. La carretera solitaria ésta noche además de aquella figura en la distancia elevando su brazo. Ya el residuo del humo ha desaparecido, porque esa fuerza imparable, la distancia, lo puede todo. Me detengo junto al vehículo accidentado y bajo la ventana del otro lado, extiendo mi mirada más allá. Es una noche clara, alumbrada por los mil y unos cuerpos estelares arriba. Una chica roja me ve más allá del vidrio abierto.

No recoge nada del automóvil. Se coloca el cinturón y dice que maneje y que la deje en la próxima ciudad.

Durante la mayor parte del camino no hablan.

 

Ella se llamaba Meeh, aunque su amo, un joven pastor llamado Estefan, le decía Lucy, en honor a su entonces pareja y prometida. Él pensaba que era romántico, mientras que Lucy, la humana, pensaba que era perturbador. Lucy era la prima de Estefan. Estefan era un chico sencillo, si acaso un poco lento. Algunos decían que su lentitud se debía a que nunca se la había llevado mucho con la gente: solía pasarse el día entero con sus ovejas, otros, decían que su lentitud se debía a que sus padres también eran primos. A él le daba igual lo que dijesen, no le daba importancia ni pensaba demasiado en ello, de hecho, no pensaba mucho en nada. Lucy confirmaba esto, y solía añadir que, con todo y ello, tiene un gran corazón. Lo que era cierto: Estefan murió de cardiomiopatía dilatada a la corta edad de dieciséis años, dos semanas antes de su matrimonio. Lucy, que otrora había sido una alegre joven del pueblo, hizo un voto de silencio y nadie volvió a oírle hablar. Dedicó el resto de sus días en el pueblo a cuidar a las ovejas de Estefan. Se susurraría en el pueblo que se le habían ido los nudos, en especial cuando llamó a la oveja prima de Lucy, Estefan, y organizó un matrimonio entre ambos. Con el vestido de la boda propia que nunca tendría, vistió a Lucy. A Estefan, sin embargo, no le iban los pantalones, así que le puso solo un lazo negro. Fue una bella boda y todos los invitados, es decir, las demás ovejas de Estefan, asistieron. Habría sido uno de los días más felices de la vida de Lucy. Lucy, sin embargo, iría volviéndose celosa de la felicidad de Lucy, notando que ella disfrutaba de algo que en realidad debía haberle pertenecido. En las noches no lograba conciliar el sueño, y se habría sorprendido a sí misma mirando varias veces a su difunto prometido bajo la luz del granero, más allá del cerco, entre los árboles en las mañanas frías. A veces, sentado en el descansillo de la cama, medio iluminado por la luz matutina, le sonreía.

Un día, muy temprano en la mañana, había salido, y nadie volvería a saber jamás de ella más que el hecho de que había dejado la casa. Todo estaba en su lugar tal cual debería, excepto dos ovejas.

Lucy, Lucy y Estefan habrían caminado durante días y semanas a lo largo de los bosques del área. Lucy no hablaba, a pesar de que Lucy y Estefan solían intercambiar palabras. Ella a veces le decía MeEh, a lo que él le respondía MEeeh. Se podría haber considerado una bella luna de miel. Los días se sucedieron con rapidez, con el sol como un misterio sobre aquella larga arboleda en la cual caminaban, con el trío yendo quizá en círculos sólo con la compañía del canto del ruiseñor, y en las noches frías, de los saltamontes, que elevaban una bella sinfonía dedicada a nadie. Un día, el bosque acabó, y llegaron a una larga planicie sobre la cual el sol refulgía. Habían pasado ya quizá doce días, quizá tres años desde que se habían ido del pueblo. Lucy no había comido en todo éste tiempo, y no había pegado el ojo. Juraba que de noche, Lucy y Estefan se burlaban de ella, de su soledad, de su derrota. Ese día, exhausta y hambrienta, bajo el sol de Mayo vio a alguien no muy lejos de ella, y, sonriente, cayó rendida sobre las flores que crecen en la planicie, para nunca levantarse de nuevo.

MeEh diría ella, asombrada.

MEeeh se preguntaría él.

Luego, caminaron por la planicie. El día a día se basaría en caminar en busca de nada. Memorias de un chico un poco lento pero de gran corazón llamado Estefan y de una chica cariñosa si acaso algo nerviosa llamada Lucy fueron desapareciendo, y lo único que existió en el universo fue el campo, Lucy y Estefan. Lucy a veces soñaba con otros lugares: con mundos rosas y azules, donde el pasto crecía de un verde más vivo que ningún otro. Soñaba con mundos donde el mar se extendía a más allá de su vista, pero, ¿qué era el mar? ¿Lo había visto nunca? Soñaba con la infinidad del espacio. En las noches, veía allá arriba, a aquellos espectros galácticos, segura de que todas las noches cambiaban de posición. Otra noche, se dio cuenta de un raro fenómeno: La gigante esfera blanca que estaba en lo alto no era una distinta todas las noches, sino que era la misma Luna siempre.

MeEh, dijo, sorprendida.

Lucy estudió las constelaciones. Estaba la constelación de Estefan y la constelación de Lucy. También estaban la del Pastor y su Amante, y la de la Oveja Mayor y la de la Oveja menor. Les puso un nombre a todas las estrellas. Esa, que en una ocasión vio, más clara que ninguna, le puso Lilia. Le pareció un nombre bonito. A veces soñaba con Lilia. Era un pequeño planeta rojo habitado por pequeños niños que salían de grandes flores blancas. Una de esas noches, juró que una estrella se movía: era la primera vez que había visto una estrella fugaz en su vida. Fue tan rápido que no tuvo mucho tiempo para pensar en nada. Y luego, desapareció. El avistamiento la sorprendió, y buscó todas las noches por su reaparición, en vano. Varias veces soñó, sin embargo, que montaba en una, cuya cola se extendía a miles de kilómetros y dejaba una ola de luz a donde quiera que fuera, y montándola había visitado la constelación de Estefan y la del Pastor y la de su Amante. Al final habían volado hasta Lilia, donde se había quedado por siempre. Luego, despertó, y era un día bonito, pero a ella le podrían importar menos los días, eran las noches por las cuales anhelaba. Trató de convencer con su alto carisma a Estefan de que invirtieran su costumbre, de que durmiesen de día y caminasen de noche. Él al principio refunfuñó, pero al final se lo concedió. Lucy tenía que admitir que a pesar de que Estefan fuera algo terco, tenía un gran corazón.

Una noche, el deseo de Lucy se cumplió, y observó cómo de la bóveda bajaba y se acercaba una estrella fugaz hacia ella, en crescendo aumentando de tamaño, reordenándose por cada segundo, ahora aquí, ahora allá. Lucy clamó mientras aquél abrumador sonido furioso se tragaba la tierra. Su último pensamiento fue para Lilia. No hubo ningún saltamontes que cantase una canción de despedida.

 

¿así que qué es una historia sino una historia? ella me miró y me lo preguntó aquél día, no eso, sino otras cosas, muchas otras,

la primera vez te malentendí, supuse que querías algo específico, que de verdad lo querías decir pero

pero por supuesto que te malentendí, y terminé de escribir mi a nadie pero a ti

así que qué es una historia sino una historia

solilapado haces mentiras blancas haces mentiras blancas que se hacen grises y negras y son las mayores

las mayores son las que dices que no sientes que no vives que apenas respiras que comes

 crocante concrujiente madera ovni descendiendo de las fauces del negro cielo absorbiéndolos a los dos ignis espontánea y ascender y subir como por arte de

lo siento

los dos no hablaron demasiado pero debieron hablar un poco y se dijeron cosas triviales aparte del ocasional chiste rudo y torpe de joaquín, ella sostenía sobre su frente un trapo blanco rojo y suspiraba y le decía que se callase de una buena vez y le dejase dormir y él pregunta si es por eso que no notó que no tenía gas por dormir y ella le dice que se  calle y que siempre que no se duerma él todo estará bien y él se ríe un poco y ella luego le dice que no esté tan callado que le diga algo así que hablan otro tanto de cosas triviales aparte del ocasional y ella le pregunta que qué hace tan tarde por allí y él le dice que nada que viaja que le gusta viajar de noche y él le pregunta que qué hace tan tarde por allí y ella le dice que nada que le gusta morir de noche. Y así se pasan el rato. Acompañados del humo del cigarrillo que enciende Joaquín, y de los ocasionales susurros que ella emite, un poco dormida, entre estar despierta y no no llores otra vez no hay ningún pastel de manzana más ma ma má, y él conduciendo pero sin de verdad ver adelante antes de que pierdas la cabeza otra vez le di ella le miró y le dijo que le recordaba a alguien. Él volteó a verla, su sonrisa inestable ahora más ligera. ¿A quién?

A un fantasma, dijo.

 

La interestatal se extiende a lo largo de varios pueblos minúsculos que apenas se les puede llamar pueblitos: tres casas, una bodeguilla a la que con rareza llega algo, una gasolinera. De noche, no hay ninguna luz encendida. Es difícil acreditar si de verdad alguien vive en estos pueblos, la única evidencia que hay de la existencia de vida alguna en ellos son esos monolitos, esos cimientos, demostración de la existencia de que en algún momento hubo alguien aquí no no es escocia es inglaterra yo fui ahí ayer con y le dije  erigidos como faros en la noche. Las manos al volante, la vibración del mundo. Ella en un extraño monólogo discutiendo consigo misma, callada, hablando sobre algo con alguien que no es sino, soliloquio, de nuevo, otra película marcada en carne. Rió un largo rato: la ironía manifestada. Ya era hora de dormir. Por alguna razón, no quería voltear. Entonces no quería aceptarlo, pero ya lo sabía en algún lugar de mi alma: el fantasma del fuego todavía me perseguía. ¿No era ya hora de dormir, Remedios? Deja de llorar, vieja. Y ella empezaba a hablar consigo mismo, con su papá, hablaba del eterno granero, del árbol de mango, de las vacas, de cómo había matado su infancia, lo siento papá por haberlo hecho, lo siento mamá él no lo quería, no era buena, él vino, ¿cómo te llamas, quieres ser mi amigo? soy yo, joaquín, ¿quieres ser mi amigo?, mamá, tengo un nuevo amigo, ¿dónde está mamá?, mamá no está, deja de llorar, vieja. deja de llorar, vieja deja de llorar,. El fuego ascendiendo junto a los cuerpos que ardían, y las cenizas subían y se mezclaban con las partículas, disociándose, volviéndose otras. No había nadie que las cuidase. La escopeta del abuelo, pendiendo y danzando en su espalda cada vez que salía de caza con la tripa en el muslo y un sombrero de cuero, un aventurero, un protagonista de alguna historieta pulp, en su habitual chaqueta, sonriente y salvaje, un quijote viviente que siente y mira. Un día se había roto la espalda y más nunca se había parado. La escopeta yacía como eterna memorabilia de que en algún momento pudo, el gran josé, don josé, protagonista de innumerables cuentos, héroe eterno del llano, sentado en la mecedora todo los domingos con saturna como única acompañante en el porche, observando el pasto que se extendía donde vieras. A veces, Joaquín le observaba desde la compuerta, y se preguntaba qué buscaba tan lejos en el horizonte. Allí, junto al árbol de mango, habían dos lápidas. Mamá se había opuesto, no dejes que los gusanos se coman a tu marido, pero Saturna estaba convencida, quería darle un entierro cristiano. Tres meses después, ella murió también. Vámonos, ¿a dónde? Lejos. Aquí sólo hay memorias. La madera crujiendo y el techo deshaciéndose. El pueblo a cuarto de hora, sin dignarse a crecer, tan pequeño, tan indiferente como siempre: las mismas caras familiares, Lisa con el ocasional coqueteo, amigos de la infancia con revistas que no, el viejo dueño del 24/7. Y yo, yo que no debería estar aquí. Vámonos, ¿a dónde? Lejos. Aquí sólo hay memorias. Sólo hay momentos congelados, memorabilias repitiéndose en infinita sucesión, esa escopeta allí guindada, esos trofeos, historias ahora desconocidas por todos. Pero no lo había querido. Las vacas mugen todas las mañanas, sobre todo en Octubre, cuando el frío hace que sus huesos tiemblen.

—¿No les puedes comprar unos trajecitos? —dice Remedios—, al menos a Linda. Sabes que se puede enfermar, en especial de noche, puede agarrarla el sereno.

Linda era una vaca, la mejor amiga de Remedios.

Hoy, temprano en la mañana, no había estado seguro. Tomó el jarrón y lo observó durante un par de minutos antes de esparcirlo a lo largo del aral, junto al árbol, adyacente a las tumbas. Hace rato que habían enfermado. Con el paso del tiempo habían ido muriendo. A las demás les quedaba poco, y él no pensaba esperar. Ese espacio sobre la chimenea, junto a cabezas de puercos salvajes, jaguares, osos frontinos, espacio que había visto José, arrepentido y viejo, paralizado y dedicado a rememorar durante una eternidad, vacío. La cicatriz en la pared, quirúrgica, como el único lugar que la infección, el polvo, no se había tragado. Ahora vacío, ahora solitario, ahora la casa entera como sólo un vámonos lejos adónde. El alcaraván vuela en la distancia. Es una mañana pálida y fría, la brisa se cuela bajo la vieja chaqueta que antes había sido de abuelo. Extiendes la escopeta que antes había sido de abuelo. Linda te mira, insegura de qué es lo que te está pasando, pero temblando. Hoy no es un día de Octubre, pero es un día frío como ninguno. Las demás han ido a parar todas acostadas sobre las otras, en un desarreglo. Las moscas vuelan, los mosquitos sorben su sangre. La luna todavía está arriba, observando, incómoda, como un espía diurno de los extraños fenómenos que acontecen.

Linda muge, y el canto del alcaraván es cortado por miles de otros golpes que resuenan como un recuerdo de lo que acaba de ocurrir. Me siento junto al árbol y enciendo un cigarro. Todos los cuerpos dispuestos el uno sobre el otro, planos como la corteza de arizona. Es todo lo mismo: el mismo humo del cigarrillo, el mismo humo de la chimenea, el mismo humo de los cuerpos encendidos a la distancia, el mismo humo que sale de su boca cuando respira dormida la chica roja.

—¿Adónde vas? —me preguntó el viejo dueño del 24/7.

—No estoy seguro.

Luego, me entregó lo que había comprado sin decirme cuánto le debía.

—Ya algún día me lo pagarás. Pero no hoy.

Esperaba nunca volver.

 

Digresión:

Marinés me lo dijo aquél día, como si esperase un no sé qué, autómata, recogiendo nombres en un río de personas idas. Joel me lo repitió otra vez, las cosas apuntan a determinado lugar, las cosas se pagan, porque así van los tiros, así que pon tu fusil de Chekhov, tonto, úsalo, entre enterrar tu nombre para nunca ser rememorado y más, porque eso sería lo mejor. Vive para el arte y muere en él, entre miles de otros idiotas milénicos que esperan más de sí que un memorial, aquí yazco, heme aquí ésta, mi tumba. Los dados se jugaron desde que naciste, y los de estos artificialmente concebidos también. Marinés me lo dijo aquél día: intenta algo distinto, quizás te resulta, el pobre Aquiles ha muerto por no haberlo hecho. ¿Así que así? Ese mismo día salí de casa, no mi casa: la casa de la vieja, y fui a la panadería. Compre dos bolsas, como solía, y un jugo de naranja, como solía. Como solía, la cajera me preguntó si quería pasarlo por la cuenta corriente o la de ahorro. Le dije cuenta corriente por favor, ella sonrió y me dijo es indiferente, ¿no es así? y le dije que era así. Porque, me dijo Julio, la única manera de lucharlo es aceptarlo y dejarlo ir, cámbialo. Hace dos años lo dejé morir, como he dejado a tantas otras cosas, enterradas en la gaveta, recolectando musgo y edad, y el mundo cambió, pero ese musgoso suvenir del pynchoniano año remanece como una herida siempre abierta, magnum opus, mi tumba, heme aquí ésta. Todos unidos, cantando en un mundo unido, el hambre mundial acabada, Hitler está muerto y todos los credos acabados. Pero no, nunca terminado y destinado yo a morir. Olvidado, por supuesto. Como aquél sueño, alguna vez te lo debo haber contado, en un intercambio de ideas oníricas, en el que fui cercenado por centenares de cables eléctricos, y me pregunté, ¿es esto todo?, mientras una tela oscura me tragaba. Escritos los dos, ella y yo, por la pluma de alguien más inteligente, más verboso, más activo, menos adverbio. Ese mismo día salí de casa, no de la mía: la de la anciana, y fui a la panadería. Compré dos bolsas, como solía, y un jugo de naranja, como solía. Como solía, la cajera, una señora que siempre estaba alegre, me preguntó si quería pasarlo por la cuenta corriente o la de ahorro.  Le dije cuenta de ahorro por favor y ella sonrió y me dijo a la larga es indiferente no es así, y le dije que sí, que era así. Las sombras de los pies, y un camino ya recorrido en otra ocasión, ¿acaso no es más un diario que un diálogo? Perdón, perdón. Me repito demasiado, cuando estoy nervioso suelo repetirme demasiado, demasiado. Ya Joel me lo había dicho. Cámbialo un poco, no lo dejes morir. El cuerpo yacía todavía en la gaveta, resguardado, carcomido por el tiempo y los gusanos, entre tantos otros, adulaciones narcisas más que nada: perros en rellanos y bandas destinadas al fracaso, palabras nunca dichas, pero bajo aquél gris era tan difícil distinguir al bien del mal, y adiós, le dijo, ha sido una buena noche, él se rió y le dijo que había sido terrible, y un dos un dos tres, el mismo tema nauseabundo golpeándote en la cabeza. Insufrible, repetitivo: no más que un bucle.

Pues, me dijeron en unísono, es sencillo.

Cámbialo.

 

En algún lugar de Messier 82, el ovoide irregular perfecto cambiaba de forma en una constante corriente, en un dislocado movimiento errático, mientras, mucho más atrás, 193.32 implosionaba, unbirth, la luz era distorsionada en un ciclón, atraída por la gravedad al horizonte de sucesos extendido como un extraño disco. El ovoide, ahora una esfera, poseía un palillo vertical ¿vertical? vertical no es vertical ahopendiendo del extremo, girando a lo largo de un eje propio anexado a la elipse. Desde dentro habrías podido observar cómo las oscilaciones de la vara, un extraño metal que cambiaba de color a cada instante, emitiendo calor y luz, se hacían más lentas.

Los poliformes cuerpos, extendiendo sus membranas, se descomponían en una baba purpúrea fluorescente, y se unían todos en un único cuerpo hendido, entre los cristales verdes y morados. A través de la hendidura, una fistula pálida aquamarina observaba y grababa el tiempo pasar. El ojo abierto entre dos circunferencias rojas, el ojo de un gato hecho por los gases estelares, creando y destruyendo, deshaciendo y rehaciendo. El viaje había tomado eones, y habían observado el ciclo de vida y muerte que traza sus garras sobre todo: estrellas tan vivas como tu suelo vueltas de cabeza, galaxias consumidas por agujeros negros, los asteroides del gigante azul como en un gran péndulo cerca de la nebulosa del vibráfono. Habían descubierto vida protobacteriana en la luna de Otoskzæn antes de que la luna fuese destruida por un meteorito. Se habían encontrado con el último deiforme infinito, sabio ser que habitaba en el Hoyo de Taigresi, en una eterna reflexión. Sin ojos, era conocedor del todo, y cuando habían llegado, ya les esperaba. Hablaba en acertijos, en laberintos, y cada palabra había sido ya dicha por otros. Les había musitado filosofía posbazgrilaniana, les había recitado mandamientos en otras lenguas antes de decirles, sin inflexionar su voz, arrepentido, que le habría gustado haber hecho algo más: caminar sobre los prados de aquél planeta que había pensado en alguna ocasión, rodar en un estilespinal de los dorenos, pasar los momentos, porque de eso estaba hecho el todo a la larga. Pero ya ven, les habría dicho, tengo 13 mil millones de años. Y sé que estoy muriendo. Eso también, sospechaban, no era más que un recital. El Hoyo de Taigresi lo engulló, y ligeras partículas de polvo se elevaron adonde había estado en alguna ocasión el último gran gigante. Habían visto galaxias enteras consumidas por granillos de arena, el matorral de la realidad resquebrajándose. Ya de aquello, eones en el eterno viaje de vuelta a casa, en busca de extender el ciclo al menos un poco, allá a algún lugar de aquella vasta fábrica de tela, donde de la teta de Hera bebían los últimos seres vivos.

Algo pequeño, comunicaron a través de la colmena, algo sencillo bastaría para contrarrestar el entrópico sistema que les rodeaba. No un arca de Noé, pero un arca.

Más allá de todos los trazos de un Van Gogh destruido, pinceladas agresivas y espontáneas nada premeditadas, hay un pequeño planeta verde y azul y blanco, donde a veces las pequeñas ovejas sueñan con mundos lila.

Sesgaron a través del portal de la garganta, cruzaron el orbe imperfecto —una escultura a dios hecho por arquitectos antiguos de la Nebulosa del Huevo, mucho antes de la concepción de los Nadubizolxfianos—, sobrevolaron los mares de Enir y observaron los difuntos cadáveres de Escila y Caribdis, explayados en un desierto de granito. Bajo el brazo de Sagitario, sobre el Toro, entre las Híades, el cubo desaparecía. Cuando llegaron por fin a casa, la baba se rehízo en varios cuerpos gelatinosos rosados. Entrelazados, sintieron algo similar a anhelo. La varilla giraba ahora a su velocidad normal, acelerándose poco a poco mientras cambiaba su nexo de unión.

Un día de Mayo, un color cayó del cielo y volvió a ascender. Pocos lo notaron, pero esos pocos, todos habitantes de pueblos que apenas podían llamarse pueblitos, habían dicho que era un presagio del futuro.

Poco después, ninguna  oveja volvió a soñar.

 

Los párpados se sentían como piedras azules y gordas.

Los cuerpos rosados parecían como el chicle que en la escuela se colaba bajo sus zapatos, y que el niño malo Martín le lanzaba al pelo. Por eso se lo habían cortado sus papás. Al día siguiente, con lágrimas en sus ojos, había golpeado a Martín hasta que había sangrado una manzana.

—¿Así que una skinhead? —el hombre del diente roto y tatuajes en los nudillos, riéndose —, siempre fuiste una

pequeña punketa.

Pequeña puta.

Pequeña punketa.

Su lengua sabía a una bolsa de masmelos, como si hubiesen puesto una almohadilla debajo del trozo de carne y sabores.

Un ojo verde entrecerrado conseguía ver arriba un tubo metálico amarillo y azul y amarillo dando vueltas como una espiral.

Sus labios sabían a morado.

Sus ojos eran grises.

La última vez que Irina le vio era rojo.

Tonto imbécil idiota, se supone que debes esperar a ser famoso para morir.

si no hubieses venido

hundido en lágrimas

a lo mejor hubiéramos podido

Su boca olía a alcohol y a tabaco y a odio.

—Ya me conoces —le confesó —, siempre me enamoro de imbéciles.

—Vámonos entonces. Recoge tus cosas, no tenemos por qué estar aquí.

—Deja ya de llorar. Te va a oír. Anda borracho, pero igual te puede oír.

—No tenemos por qué estar aquí.

—Cállate ya, Eduardo. Gus puede despertar en cualquier momento.

Pero Eduardo se había quedado un largo rato sollozando y berreando como un idiota. Él también estaba demasiado borracho y no quería admitirlo. A lo mejor su plan de huir no era malo. Pero había una falla crítica, si ese maldito seguía, ella se iría sola. Nada de lágrimas, imbécil. Si no hubieses venido llorando nos hubiéramos ido. Gus había despertado, y oía en el marco de la puerta. Eduardo, sin dejar de sollozar, se trata de acercar a ella, y ella extiende su brazo, lo detiene. Sabes que no, empieza a decir, cuando la puerta se abre y astillas se riegan a través del cielo. Gustavo, con sus ojos inyectados en sangre, rojo, extiende su brazo. Atrae a Eduardo a sí y le pega hasta que sangra una manzana. Cuando termina, ella nota que él está llorando, y sólo logra emitir:

—Y tú, pequeña puta

Sin lograr voltear a verla, Eduardo rendido en el suelo, inconsciente, la pesada respiración de uno se intercala con la del otro. Gus levanta sus brazos a su frente. Al fin logra verla, pero no consigue decir nada. Se aleja y tira la puerta tras sí.

Irina se levanta y coge a Eduardo, aprieta el esparadrapo contra la cuca en su labio. Él abre un ojo y sonríe un poco en una graciosa sonrisa desdentada.

—No te hagas ideas —le había dicho al trapo lloroso—, Dios sabe que éste es el fin.

Aquella noche no logra dormir. Ya lo sabe antes de que el móvil repique.

Cuando llega, y ve el cuerpo, tumbado entre la grama, como empalado por un ramal, quiere llorar, pero las lágrimas no fluyen.

Virginal en un vestido blanco que se había pintado rojo en la casa de mamá él me besa y estira su brazo y me besa y me besa y me besa y extiende su mano virginal en un vestido negro los dos en un apasionado desinteresado beso en casa de mamá lo siento lo siento están dormidos él me besa y reímos pequeña punketa pequeña muchacha anarquista pequeña pequeña y si sólo supiera si sólo supiera lo tanto que le he esperado si sólo su tatuaje se extiende a lo largo de toda la espalda uroboros sí sí sí pero pero pero por supuesto que no él con otra yo con otro él tu yo pero él y yo después de todo los dos borrachos en casa de mamá y algún otro torpe chico, no, no y me río pero me dice que me esté callada

un vestido blanco se torna rojo.

Al día siguiente comemos huevos con tocino y café. Papá no me habla durante todo el día.

Los rayos lumínicos queman mis ojos, la iridiscencia se corroe a través del cristal como un virus a lo largo del polímero en constante movimiento. Arriba puedo ver cómo se mueve, cambiante, el palillo, mientras rota su eje y se acerca y se aleja, o quizá somos nosotros que estamos cambiando también. Mis pies se sienten adormecidos y siento como si mis brazos no fuesen más que trapos. Siento cada uno de mis pelos, siento algo de vello sobre mis labios. Me pregunto si así se siente ser mejicano. Siento, siento cómo el mundo se mueve. ¿El mundo? Giro mi cara, y más allá de mi cara está su cara. Dormido, es casi familiar. No conozco éste lugar, quizá lo habré soñado. Extiendo mi brazo para cubrir la luz, pero no puedo moverme. Extiendo mi brazo para cubrir la luz, pero no puedo moverme mucho. Extiendo mi brazo para cubrir la luz. Trato de rodarme para levantar. Cuando noto lo que hay a mi alrededor, no puedo lograr pero volver a sentir un impulso para vomitar, cucaracha. Cuerpos purpúreos como la goma se fusionan y cristalizan. El suelo es jugo de mora, profundo. Cuando me dejo caer al vasto océano, noto que es un océano de apenas unos 10 milímetros de altura. La masa corpórea se extiende hacia ella, en un intento de la chica del vestido rosa hace un esfuerzo colosal y se levanta y corre. El pasto crece de un color más verde que ningún otro. La laguna rosa, donde alguna chica pelirroja se bañó en alguna ocasión, chapotea con cada paso. Otro cuerpo duerme y babea remedio tomando un remedio.

Soy un huérfano del valle, de la floresta, una viuda del mundo.

Y estoy perdido y no hay ningún mapa que pueda encontrarme.

Así que trata de buscarme, en la floresta, por los frailes,

entre el árbol de muérdago, más allá de las calles.

Cuando era niña corrían a lo largo de los camposales como lo hacen y olvidaba y soñaba y esto lo había olvidado también. Figuras oscurecidas como obscuras referencias en una oscura historia obscura. Se escondía entre los troncos y esperaba hasta que no oía a nadie en la distancia, y a veces sentía que podría haberse quedado toda su vida allí, percibiendo el olor del cedro, el pacífico sonido de la brisa que se colaba entre los agujeros. Recónditos, los pasos se acercaban, se alejaban como en una danza a su torno. Y ella quería reír y dormir y volver a reír. Quizá esto era un sueño también, quizá nunca vivimos en un campo. Quizá ya lo había olvidado. Los bachacos, el olor a fruta mala, un vestido blanco vuelto barro. Cuando era una joven corría de sus responsabilidades a lo largo de la ciudad como lo hacen y trataba de olvidar y no soñar. Figuras oscurecidas como obscuros amantes en un oscuro beso. Se escondía entre las sábanas y esperaba que los viejos no oyesen en la siguiente habitación, y a veces sentía que podría haberse quedado toda su vida allí, entre sus brazos. Ahora corría a lo largo de lo que bien podría ser un sueño inolvidable, y figuras oscurecidas púrpura la perseguían mientras se liquidaban y se solidificaban y extendían miembros deshechos. Éste habría sido un buen momento para despertar.

Él abrió sus ojos y sus ojos le transmitían fotones le transmitían y él veía la información transmitida como lo veía en el televisor bajo la chimenea bajo la escopeta bajo el asesino de linda mañana caminan a través del y lisa le guiña el ojo y él quizá también se ha escondido entre troncos quizá él también ha vivido momentos frágiles y olvidadizos como lo es todo y quizá él también ha manchado en sangre, ha sido el padre y la madre y el hijo y el hermano.

Ha tenido pesadillas. Ha soñado con que moría. Mientras llora una mano se pasa a lo largo de su cabello y le dice que estará bien.

Lo siento. Lo siento. Lo siento.

Desde su cama joaquín logra ver cómo remedios se aproxima a un gran computador en la distancia cuando eleva sus ojos a la luz mira un ovoide y el rugido y los gritos se aproximan le dice que estará bien y estará bien está

Los sueños se unen en un inestable lazo.

Irina levanta un brazo, no su brazo, no, Irina rompe la tensión.

Medio en un sueño, pero no del todo, Joaquín podría decir que éste es su sueño. El sueño de una oveja.

Medio borracho, pero no del todo, un podre idiota llorón en la tierra ve en el cielo una estrella fugaz y pide un deseo. Levanta la botella a una chica de pelo rojo que nunca volverá haber, adiós.

Medio solitario, pero no del todo, un árbol de mango agarra fuego de noche, y un hombre olvida una deuda. Nadie pone anémonas a las tumbas anónimas.

Insignificante, poliforme cuerpo —una serpiente, un hexágono, una dona— cae bajo las nubes de un planeta rosa.

 

una gota sale de mi frente como oblicua formando treinta grados con lo que considero abajo, ¿abajo? abajo no es abajo ahora, levanto mi cara al polímero, agrietado y roto en pedazos. Un espectro rojo se dibuja en él. Sangre. Gustavo, maldita sea, ¿acaso estás al volante? Río un largo rato: ironía encarnada. Una tragedia romántica como ninguna otra, ¿así que así nos vamos los dos? Mis alrededores son una fiesta rave de luces y colores que parpadean, Dios, ¿esto es lo que haces tú, chica punketa? Completamente destruido y todo empapado de aquél líquido, aparte de la sangre, mía y suya. Suya. Él está abalanzado en el suelo. Mientras me aproximo a él, tropezándome y golpeándome, él se voltea a verme. Trata de decir algo, pero sólo logra emitir ligeros sonidillos absurdos e insignificantes.

—Calla, Gus. Ya, ya. Todo va bien.

Extiendo mi mano hacia él y toco su cara. No es Gus, pero igual sirve. Cierra sus ojos grises. Y yo espero. Espero. Espero. Espero que éste no sea el fin.

Lo arrastro fuera de la nave. Afuera, un frío aire se traza, pero no hay nada vivo que lo perciba además de. Una rara grama verde, la más verde que he visto nunca, se encuentra bajo un cielo color algodón de azúcar. Las nubes, de otro tono de rosa, toman distintas formas incorpóreas: observo una nube con la forma de un elefante tan grande como mi dedo, otra, con la forma de una partícula tan pequeña como el universo entero. Otra nube se parece a una nube. Nos sentamos los dos bajo la grama, él ya ha abierto sus ojos, pero no dice nada. Sólo se queda callado. Quizá se ha dado un golpe, no lo sé. No estoy muy segura de nada, de hecho, lo que tiene más coherencia es que en cualquier momento despertaré. Quizá siga en ese automóvil. Quizá Gus siga vivo. O quizá estoy muerta, quizá he muerto yo también en un accidente. Ésta última noción me da gracia, y mientras me río él me ve, extrañado. Nada no es nada le digo.

Al rato, comenzamos a caminar por la planicie.

 

Una laguna de minutos muertos. Eso es su cabeza. Una eterna avalancha de vidas inseguras y de realidades alternativas. Es Don José y es Linda y es Remedios y es Saturna y es Joaquín. Mientras caminan, no está seguro de cuál es de verdad su nombre. Nota que ella también ha empezado a olvidarlo. A veces, le dice Gus. A veces, le dice Eduardo. A veces, cuando ha olvidado más, le dice Sol o Grama o Árbol o Lindura. Pero ésta laguna de minutos muertos, teme él, ha empezado a secarse. Y él cree que para ella es igual. Con el tiempo, olvidan siquiera para qué caminan, y sólo lo hacen porque es lo único que de verdad conocen. De noche, ella le habla sobre las estrellas, y los cuentos, que en otra ocasión fueron sobre muchachos alcohólicos y errores, se alternan a cosas más sencillas. Le dice que en aquella luna verde que ven todas las noches viven otros como ellos, y que algún día irán allá. Eso estaría bien, supone.

De noche, él despierta. Ella está llorando, aunque no está segura de por qué, siente que ha estado esperando éste momento por toda su vida. Él se acerca a ella y la acaricia. Y de haber podido le habría dicho que todo estará bien, pero ella se conforma con que esté ahí. Bajo la luz de una luna verde ambos duermen y sueñan con ovejas.

Cuando llegaron y no pudieron seguir caminando, se acostaron los dos. Él miró, tratando de distinguir, en la distancia un no se qué, a lo mejor a un árbol, pero no había más nada que el azul: azul arriba y azul abajo. Ella se preguntó qué era aquella extraña sustancia que se extendía más allá de las puntas verdes. Era frío. De repente, sintió cómo todos los bombillos del universo se encendían. Por un momento creyó que era el mar. Luego, lo reconsideró.

De todas maneras, ¿qué era el mar?

22/12/2015-21/05/2017

 

 

María me lo ha dicho ya:

—Por alguna razón tienes un problema con los finales.

Así que dejémoslo claro. Esto termina aquí.

 

Ella se baja del automóvil apenas llegan al pueblo. No le dice gracias, y pronto, antes de que llegue la época de constantes lluvias, le ha olvidado. Con el tiempo, olvida también otras figuras, constantes: un hombre grosero y grotesco, un hombre al que ama. Olvida a espíritus llorones y un vehículo en la carretera. Se dedica a vivir con su madre, y a trabajar con su padre en el negocio familiar. Y por lo que parece un segundo, el ojo del huracán en el torbellino que es su vida, se siente feliz.

Él conduce un largo rato hacia el sur, y nadie le vuelve a ver durante un tiempo. Treinta años después alguien, un anciano en una chaqueta antigua, más antigua que el mismo, vuelve a un pueblo desolado a pagar una deuda, pero no hay nadie que reciba su dinero. No hay nada familiar en éstas viejas ruinas, y se pregunta si ésta de verdad ha sido su casa. Como no hay nadie que le responda, asume que no. Vuelve a subirse al vehículo automotor. En algún lugar —en su hogar—, una mujer y una niña le esperan. La niña se llama Remedios.

 

Hoy fui a la panadería. Compré lo usual. La mujer me preguntó que por qué cuenta lo pasaba. Como no respondí, ella se dijo a sí misma es indiferente. Creo que tenía razón, no lo sé. El pan sabía bien.

 

Miles de cadáveres yacen en mi gaveta. Todas las noches me llaman y todos los días los odio un poco más. Son una mascarilla de imperfección, de cosas que nunca serán: después de todo no soy sino otro milénico que espera más del mundo, más de sí. Libre información gratuita inyectada a tus venas las 24 horas al día, jactándote de poder, porque sabes, eres distinto, eres único. Heme aquí yazco.

Pero pronto los quemaré a todos y a cada uno deellos.

Y eso —y espero que María esté de acuerdo conmigo—, eso será un final como ningún otro.

 

Acerca de los finales que nunca lo serán:

 

Se tomaron de la mano, y mientras Alma se eclipsaba en oscuridad, Isabela miró al ojo de la eternidad, y en él, observó el todo.

Isabela despertó.

 

—Ha sido una buena noche.

El otro rió.

—Ha estado terrible.

—Sí, pero… tú sabes.

Mientras salía al portal, logró ver el reflejo de su amigo, todavía sentado bebiendo.

No se iría hasta bien entrada la mañana.

 

—Mi nombre es DDD —me confiesa. —. Y te tengo que decir algo. Serás grande, amigo mío. Pero, y esto es importante. Cuando ese disco salga al aire, y te digo que saldrá el aire. La última canción estará dedicada a mí, viejo. Se llamará DDD. ¿Me lo prometes? Promételo y yo te prometo que serás grande.

Me sonríe. En algún lugar de mi corazón sé que no puedo negarme.

 

El anciano araña le miró, envuelto en el hilar y le dijo: Bienvenido seas, te había esperado.

 

Cheval era un Chevalier de manga azul; caminando tranquilo por la vereda era digno de admiración. Lo observé durante un largo rato antes de voltearme a caminar en pos de casa. En el camino, me encontré con una moneda.

 

Corrijo: Muero, pero no por primera vez.

 

Y luego puede decir el fin o El Fin o el Fin o Final o Adiós o Chau.

 

 

 

Sus cuerpos todavía brillan de noche. Espero algún día poder escapar del fuego.

 

 

 

 

María me lo ha dicho ya.

—Por alguna razón tienes un problema con los finales.

Así que dejémoslo claro. Esto no termina aquí.

Adiós.

 


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