Dream

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Status: In Progress  |  Genre: Other  |  House: Booksie Classic

Submitted: November 20, 2017

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Submitted: November 20, 2017

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Un libro con inscripciones en ruso, breves. Lo encuentro y googleo esa frase en cirílico. Me da un lugar en Ucrania, una especie de café/bar muy venido a menos. El libro en si es más bien un diario de mi abuelo o tatarabuelo tal vez (imagino q es pariente) y cuenta su historia durante 1919, cuando vuelve a su casa después de luchar en la primera guerra mundial. Tenía una esposa y una hija pequeña al partir, pero mientras él estaba en el frente mucho había cambiado, al volver su esposa había fallecido y su hija había sido enviada lejos, muy lejos, y lo único q le quedaba era esa frase en cirílico escrita en un diario, que adoptaría para sus crónicas. Al principio tomo su nueva vida con total indiferencia, con el poco dinero q tenia de sus vida en el ejercito vivía recluido en su casa, fumando y casi sin comer, hasta que decidía afeitarse. Ahí cambiaba todo. La veía a ella, a su hija en cada espejo de la casa, de maneras extrañas, etéreas, casi salidas de una historia de terror. Pero por alguna razón él no tenía miedo, en absoluto, la miraba y seguía afeitándose, con un dejo de nostalgia e indiferencia. Así estuvo varias semanas, aislado completamente del resto del mundo, hasta que no soporto mas y decidió ir a buscar a su hija (o lo q quedara de ella, el no lo sabía) y cruzo la puerta con una seguridad increíble, el no sabía exactamente que significaba eso que había escrito en el diario, pero para el solo podía significar una cosa, y yo me dispuse a seguirlo en su viaje a través del mío propio. El medio de transporte que el eligió fue obviamente el tren, la única manera razonable de llegar hasta el imperio ruso. Salió solo, sin decirle a nadie (casi como si no hubiera nadie a quien hablarle).

Yo leí el diario con mucha curiosidad, entendiendo escasamente lo q este intentaba relatarme. Solo entendí que además del titulo en cirílico esta persona veía a su hija en la casa. No me intereso, esa no es mi clase de historias, hasta que mi casa se convirtió progresivamente en una pesadilla. La veía. La veía en todas partes y cada vez con más frecuencia, y no podía evitar relacionarla con las descripciones del diario. No sabía que pasaba, mi cabeza sabia q eso no era real, pero por alguna razón me seguía incitando a salir de casa, y decidí creer q era verdad, q eso q veía realmente existía y no era un fenómeno cerebral perfectamente explicable y tratable medicamente. Opte por tomar la ruta que él había tomado, en tren. Solo para salir de casa y alejarme de los demonios que mi cabeza había alojado en mi hogar.

El tren en aquella época estaba lejos de ser lo q es hoy. Más aun teniendo en cuenta q Europa estaba saliendo de la mayor guerra que había visto hasta entonces, no se sabía de quien eran muchos territorios y mucho menos aun se sabía si muchos hogares volverían a ser ocupados, o si sus dueños estaban descansando en algún frente, tal vez Verdun, tal vez Galípoli, tal vez los Alpes… o si tal vez volverían dentro de algunos meses tras recuperarse en algún hospital de campaña lejos de casa, imposibilitados de comunicarse. Madres lloraban a sus hijos, esposas hicieron el luto y los hijos crecieron solos. Europa. Muy lejos de lo q yo conozco de ella. Estas diferencias también tienen su impacto en el viaje en tren q el emprendió. Cada país tenía sus propios sistemas ferroviarios, cuando existía el país claro está, una locomotora que partía de Alemania debía frenar en Austria porque las vías eran diferentes. Así es como el viaje se convirtió en algo sumamente escalar. Días y días viajando y parando en decenas de estaciones de tren. Cuando no cambiaba de tren debía proseguir a pie hasta el próximo pueblo dado que las vías habían sido destruidas durante la guerra. En muchas ocasiones se encontraba con escenas de violencia en su camino, pero lejos de intimidarse con ellas, las ignoraba y seguía caminando, a veces hasta le causaban gracia. Parecía un sociópata por momentos.

Mi viaje por su parte fue largo, muy largo, y pasaba la noche en cuartuchos alquilados en pueblos pequeños, olvidados, para ahorrar dinero, y viajaba en horarios horribles para cuidar el poco dinero del q disponía. Más de una vez me levante a la madrugada y a medio despertar iba al baño a guardar mis cosas para partir hacia la estación de tren, en esos momentos tenía mis déjà vu.

En pueblos por toda Europa el paso sus días durante la guerra. Tras las ofensivas, en los días de licencia que les otorgaban, iban al pueblo y revisaban la cartelera de noticias, solo para encontrarse muchas veces con que su batallón debía presentarse a primera hora del día siguiente para partir hacia sus nuevas asignaciones, en tren. El dormía muy mal, y se despertaba temprano para asegurarse de no olvidar sus posesiones, no era su arma ni su uniforme lo q más le importaba, tampoco su anillo de casado ni nada pomposo, sus mayores posesiones estaban en el baño. Un peine, un poco de jabón y una navaja eran ítems invaluables para la vida en las trincheras que llevaba él y millones de otros soldados. Si perdía alguno de ellos podía despedirse de su higiene personal y comenzar a fundirse con los demás soldados, enfermos, sucios, agotados, dementes. Sus elementos de higiene personal eran su talismán de la cordura en cierta forma.

Yo me preguntaba cómo es q él no tenía miedo de las escenas de violencia q relataba en sus viajes, como es q no reaccionaba tampoco, un soldado que había visto combate al menos con seguridad en el frente oeste y el trentino sabría como lidiar con lo que allí encontraba. Pero mientras viajaba llegue a un pasaje muy interesante de su diario. En el relataba un sueño, más bien una anécdota.

Estábamos atrincherados cerca de un castillo/fortaleza alemana, hacia 3 días que estábamos combatiendo, los alemanes estaban derrotados, los superábamos en numero 10 a 1, pero aun tenían dos baterías de artillería que nos bombardeaban desde posiciones a las q no podíamos llegar fácilmente, es decir, sin convertirnos en blancos de sus rifles mientras subíamos la montaña. Los oficiales decidieron que lo más conveniente era esperar a q se quedaran sin municiones, asique dieron la orden de parapetarnos donde pudiéramos por las próximas horas, hasta que se acabara la munición de artillería. Esperábamos relativamente seguros, de vez en cuando algún compañero volaba en pedazos por los aires alcanzados por un disparo, o caía con el pecho lleno de metralla, pero era mucho mejor que salir todos juntos a tierra de nadie. El sueño reza que los alemanes al quedarse sin munición propiamente dicha comienza a fabricarla con lo q tiene a su alcance, entre otras cosas, navajas suizas. Caían navajas afiladas cerca de mi cabeza y la de mis compañeros, nos reíamos del ingenio alemán. Mientras reímos un compañero decide intentar el mismo principio y con un mortero logra destruir el parapeto principal de la artillería alemana, con una mezcla de explosivos y navajas suizas, rio más fuerte. Ante esta situación los alemanes quedan expuestos, incapaces de usar sus piezas de artillería sin ser blanco fácil para nuestros francotiradores más experimentados. Se rinden. Se nos da la orden de avanzar y ocupar la posición mientras los alemanes deponen las armas. Mi compañía es de las ultimas en entrar y yo cierro la fila. Los alemanes no son tal. Son seres antropomórficos, si, pero su rostro no existe, es invisible, son meramente los cascos con puntas, una bufanda que cubre el respirador de una supuesta máscara de gas y dos bolas de metal a la altura de los ojos, nada más. No hablan. Pero mientras entro un alemán con los brazos levantados me mira, y abre sus ojos y me escupe unas ligeras llamas que solo me sobresaltan.

Así veía él a los otros seres humanos que estaban en las trincheras, ya no eran seres humanos, eran criaturas animadas por una fuerza misteriosa, con las cuales no podía hablar (hablaban distintos idiomas) y que la única manera de comunicarse era a través de los ojos, de la mirada. Imagino la mirada que le dio aquel alemán a él, para que el tan claramente la interprete como un escupitajo a través de los ojos. Cuantos amigos de aquel alemán habría matado él? Desvarío. Seguía intrigado por que él durante este otro viaje seguía sin inmutarse, sin preguntarse dónde estaba su hija. Acaso no la quería? Acaso ya sabía su destino? Acaso ya no le importaba?

El avanzaba a paso firme, cruzo Europa de punta a punta, desde el oeste de Francia hasta el imperio ruso. Otra vez la había cruzado, tal como durante la guerra, la conocía de cabo a rabo. De niño había soñado con realizar el grand tour, y lo había conseguido, 2 veces. Quizás no como había leído q se acostumbraba a hacer, pero lo había hecho, y después de todo, nada es como lo soñamos. La violencia que había experimentado durante años de servicio lo había inmunizado, se había convertido en un arte para él, en su cabeza el pintaba escenas de sus viajes. Pero este viaje fue especial, pues en él pudo tomar la perspectiva del observador. En su cabeza pintaba atardeceres rojos, con vías del tren bombardeadas hasta la destrucción, que acababan perdiéndose en un lago. Caballos atascados en el fango tratando de acarrear los bultos de las personas que huían del pueblo donde habían pasado toda la vida, ya sea porque este ya no existía mas tras el bombardeo de algún bando, o bien porque su religión les impedía permanecer allí sin ser masacrados (pienso en los armenios) o tal vez porque su grupo étnico era demandado de partir de allí porque era un nuevo territorio, tal vez muchos alemanes fueron pintados en su cabeza mientras abandonaban la nueva Polonia. Y así, con su cabeza llena de cuadros hermosos, intensos, sin fantasmas, llego a la puerta que él tan claramente sabia. La puerta decía ??? ?????.

Hasta allí llegaba su relato, no había conclusión. La había encontrado allí o no? Quizás una parte de mi quería averiguar qué había pasado con esta historia. Encontré el lugar una vez que llegue a Ucrania, la puerta con la inscripción ??? ?????. Más bien un arco, pues parecía estar siempre abierto, aun cuando el clima no parecía ser tan benigno como para mantener dicha práctica. De mi incipiente ruso comprendí que la traducción es más bien un juego de palabras “dónde aquí” y durante el viaje en tren me preguntaba si el nombre seria relevante en la historia. Era un restaurante hoy en día, en un pueblo olvidado en el medio de la nada. Al entrar una señora con el cabello blanco me atiende. No hablo una palabra de ucraniano, pero con un poco de miedo comienzo a hablarle en ruso (temiendo un rechazo por parte de la señora de que alguien entre y le hable en un idioma que les fue impuesto durante décadas solo por caer del lado equivocado de la cortina de hierro), mi instinto me dice que le diga que no soy de allí, y preguntar si hablan francés, pues mucha gente en Rusia habla francés perfectamente, una herencia de la era napoleónica. La señora lejos de enojarse me responde en perfecto francés y enseña una cálida sonrisa. Es agradable ver una sonrisa. Pienso en el. Tal vez había olvidado lo que era una sonrisa. La señora amablemente me invita a almorzar, evidentemente no suelen tener muchas visitas y menos de clientes. Me informa que precisamente ese día iba a venir parte de su familia a reunirse. Me da un poco de pudor involucrarme pero a ella parece no importarle en absoluto tener a un extraño sentado a la mesa. Extrañaba la sensación de bienvenida. Comienza a llegar gente, eran aproximadamente unas 10 personas. Olvido totalmente mi motivo para viajar miles de kilómetros para estar ahí. Me reciben con curiosidad e indagan de mi pasado. Olvido a la niña que estaba acosándome en mi casa. Les respondo que vengo desde Francia aunque no soy francés (no sé de donde soy en realidad), y nos debatimos en francés al principio, tras enterarse que hablo español comienzan a practicar español conmigo. Es muy agradable. La noto a ella, una chica más joven que los demás, vestida claramente mas juvenil, con una especie de remera muy sugerente, que hace que me fije en ella y en su sonrisa, me inquiere si hablo inglés, respondo que sí. La mesa se deleita de mi respuesta y comenzamos a debatirnos en al menos 4 idiomas y me felicitan por mi logro de poliglota, es la primera vez que recibo tal cosa. Pero me fijo en ella, y en sus cabellos rubios. Y en su sonrisa.

El viaje de mi ancestro (tal vez) no era sobre él, era sobre mí y sobre todos, sobre todos los seres humanos, y lo frágil que es precisamente nuestra humanidad. No importa la época, ni el lugar, siempre habrá conflictos dispuestos a llevarnos hacia los límites de nuestra propia conciencia, y a despojarnos de lo que solemos llamar “razón”. Tal vez por eso crucé Europa. Para alejarme de mis fantasmas y encontrar gente sonriente, o tal vez simplemente para que me recuerden, de tanto en tanto, lo que implica ser humano.


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