Una visita inesperada

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Status: Finished  |  Genre: Young Adult  |  House: Booksie Classic
La visita inesperada de Gustavo pasó de ser una gran sorpresa a una difícil situación.

Submitted: November 08, 2018

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Submitted: November 08, 2018

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Una visita inesperada

Mientras conduzco por la carretera camino a una diligencia (una de esas veces en las que me ofrezco y así logro un tiempo para relajarme), me siento un poco distraído, pensativo y esta vez, viene a mi mente el recuerdo de Gustavo, mi hermano mayor. Tal vez por su visita más reciente, cuando llegó con su familia durante un fin de semana. Platicamos poco, pero logramos convivir lo suficiente para reafirmar lo mucho que nos queremos y nos necesitamos.

Siempre he pensado que él me busca para platicar de sus cosas, a veces únicamente para desahogarse, sé que no es una persona fácil de tratar y estoy seguro que no es  su intención y también sé que la vida le ha jugado varias y muy duras experiencias. Por ello, a diferencia de muchas personas, trato de tenerle empatía, pues es una persona muy valiosa, pero con pocos amigos con quienes pueda confiar sus problemas.

Cuando trato de comprenderlo, y vaya que he dedicado tiempo a esto, tomo en cuenta algunos recuerdos que me ayudan a entenderlo mejor y entre ellos es inevitable que se presente lo que sucedió hace unos años:

Era un miércoles que terminaba, casi como cualquier otro, de esos días en que mi jornada comenzaba en la madrugada con la inercia para preparar mis cosas y llegar a tiempo a la escuela, trasladarme durante más de una hora por caminos rurales para llegar hasta la ciudad, cuando atendía a mis clases hasta la una de la tarde y en seguida iba a comer a casa de mis tíos, que amablemente me recibían los días en que tenía entrenamiento por las tardes, eso era lo mejor del día. Regresaba a casa cuando caía la noche, cenaba con mis hermanos menores y ayudaba a mi madre a dejar todo listo para el día siguiente, finalmente ir a la cama y comenzar de nuevo. Pero aquella vez, al regresar a casa, había una visita inesperada, para mi sorpresa, ahí estaba Gustavo.

-¡Gustavo!, ¿qué haces aquí? – Pregunté, a lo que él contestó – Vine por unos días, los extrañaba a todos – y sonrió.

Gustavo tenía veinte años para ese entonces, los últimos tres estudiando en la capital y nos visitaba pocas  veces al año, en navidad, en abril y en verano. Cuando llegaba, para mi significaba dos días de mucha alegría y cordialidad, pero a partir del tercero nos enfrentábamos constantemente, pues él ya no era el mayor en casa, esa tarea ya era mía y se frustraba cuando se daba cuenta de ello. Yo había entendido que así eran las cosas y no había remedio. Aun así, siempre me gustaba que estuviera en casa y no allá, lejos en la capital, una ciudad cruda, cruel y despiadada con los que somos de fuera y limitados de recursos económicos para vivir cómodamente.

Esa noche, como pocas veces cenamos juntos y muy contentos según recuerdo, aunque ahora que lo pienso, no tengo memoria de los rostros de mis padres, pero de haberme fijado, estoy seguro que estarían entre un sentimiento de alegría y aflicción.

Posteriormente fuimos a dormir a nuestro cuarto, una habitación grande con paredes blancas, sin demasiados muebles, solo los suficientes, como las dos camas que había hecho mi padre con sus propias manos; en una dormía Enzzo muy cómodamente, el menor de los varones y en la otra Gustavo y yo aún despiertos, recuerdo que ya en la cama platicabamos unos minutos de muchas cosas y nada a la vez, de los amigos, de nuestros primos, de mis papás; pero llegó un momento, ya con la luz apagada cuando lo escuché sollozar y me preocupé.  

- ¿Qué te pasa, estas llorando? – pregunté sin pensar demasiado, pero si preocupado, pues a un hermano mayor no se le ve de esa manera normalmente.

- Antón, ¡no!, no estoy bien, ¿sabes por qué vine a casa?, me quisieron secuestrar – y su voz se quebró conforme pronunciaba cada una de estas palabras.

-¿Cómo?, ¿por qué?, ¿dónde?, ¿estás bien? ¿Lo saben mis papás? – mi incredulidad nunca estuvo más desubicada que esa noche, no lo podía creer, a mis quince años escuchar a mi hermano mayor mientras me hacía tal confesión y sentir que se partía en dos, fue algo muy duro, algo que me marcó, tengo que ayudarlo pensé.

- Sí, ellos ya lo saben – me contestó mientras se reprimía las lágrimas y recuperaba la calma.

- ¿Estás bien? – pregunté aún incrédulo y preocupado, temeroso de su respuesta.

- Me golpearon, tengo golpes en la cara, en el pecho y en la espalda. Antón, por favor, no le cuentes a nadie, solo lo saben mis papás y ahora tú.

- ¿Pero qué pasó? – insistía con mis preguntas, menos incrédulo, pero más preocupado.

- ¿Recuerdas dónde vivo? ¿Recuerdas el supermercado que hay unas calles antes de llegar? Fue cerca de ese lugar, en esa maldita calle que siempre esta oscura, siempre he pensado que es un lugar peligroso pero no pensé que me pasaría algo así.

Y me trasladé a ese lugar, donde hacía unos seis meses antes había pasado unas vacaciones de verano con él, solía ir a visitarlo una semana o dos cada tanto, en aquella ocasión le pedí a mis padres que me dejaran ir a la capital con Gustavo unos días mientras terminaba su semestre y así conocía un poco más de esa gran ciudad, aunque en realidad mi gran motivación era el simple hecho de viajar y sentirme lejos del nido.

La primera vez que llegué a su casa, maleta en mano, lo hicimos de día. Él, muy precavido, casi paranoico, había ido por mí a la estación de autobuses, y nos trasladamos en transporte público, primero en metro, después en el bus, cada vez adentrándonos más en lugares donde la densidad de la población era  impresionante, nada a lo que un provinciano como yo había visto antes, esa zona de la capital era conocida por su violencia, pero yo confiaba mucho en él y sus precauciones, constantemente me señalaba detalles como no ver a nadie fijamente a los ojos, voltear constantemente sobre mi hombro y tener mis pertenencias bien sujetas y a la vista.

Al bajar del último autobús, llegamos a una avenida, con mucho tráfico, edificios viejos, casas hechas sin ningún lujo, con rejas de protección en cada ventana y en cada puerta, de esas que no se sabe si quieren impedir que alguien entre o que alguien salga de ellas, yo venía de un pueblo donde la gente se conoce y en ese entonces no era necesario tanta herrería. Cruzamos hacia una calle más estrecha, y nos encaminamos a su casa, era poco menos de un kilómetro de distancia, y durante la caminata observé automóviles viejos y abandonados en la calle, autobuses estacionados, casas y más casas con rejas, con muros altos y cristales quebrados sobre ellos, tal vez en forma de defensa contra los ladrones.

Anduvimos hasta llegar a un supermercado donde él me dijo animado - Mira aquí compro las cosas que necesito, es nuevo y está bastante cerca de la casa. - Yo dudé que estuviera cerca, pero me animó su comentario, casi alegrándome del supermercado como él.

Al llegar al lugar donde vivía, señaló una casa de color azul con rejas negras, tenía planta baja y planta alta y con una cochera para una pickup de color blanco que era del dueño del lugar. Gustavo vivía con una familia, un matrimonio joven con una bebé de apenas unos meses, ellos le cedían, a cambio de una fortuna para mi familia, una habitación y solo eso, sin baños, sin cocineta, únicamente una ventana y un espacio de tres por tres metros, aún recuerdo las escaleras con un pasamano negro y las paredes azules de esa habitación, que se ubicaba en la planta alta de esa casa.

Gustavo había acomodado hábilmente sus pertenencias en ese pequeño espacio, eran pocas, consistían en una litera con dos camas, una mesa que mi padre le había hecho y enviado en piezas y un instructivo para armarla, ropa, libros y más libros de su escuela, a penas algún reproductor de música pequeño porque no podía hacer ruido, ya que estaba prohibido en esa casa. Las restricciones que él tenía en ese lugar incluían usar la cocina a determinada hora, horario para el uso del baño y tenía que limpiarlo después de usarlo, nunca me había sentido más observado, limitado y hasta nostálgico por estar en casa de mis padres. Pero entendí que era un sacrificio que él tenía que hacer para lograr lo que quería, lejos de las comodidades del nido.

En más de una ocasión regresamos de noche a su casa, la avenida, la calle con los autos abandonados y los autobuses parecían un escenario de película de terror, había poca luz y Gustavo insistía en que el gobierno debía de hacer algo al respecto. Ahora que lo traigo a mi mente, recuerdo que caminábamos en silencio total, observando cada sombra y desconfiando de cada ruido.

Me decía que al recorrer ese tipo de calles no me podía confiar y que la forma más segura era evitar caminar sobre la acera, y que era mejor hacerlo sobre la misma calle, según él era más probable que nos asaltaran en la acera a que nos atropellaran en la calle y que además era más fácil salir corriendo, por si había una persona sospechosa de querer robarnos. Así era su ir y venir por esa ciudad, ¿cómo no pensar en estas precauciones cuando hoy camino por calles que no conozco? Qué difícil era vivir ahí, de esa forma, sin otra opción a la vista.

-Si recuerdo dónde vivías, recuerdo las calles, recuerdo que tenían poca luz y que te quejabas, recuerdo los autos abandonados, recuerdo que tenías miedo de que algo te pasara. – comenté aceleradamente, confirmando que me era familiar ese escenario.

- Regresaba de la escuela, ya era de noche, me había retrasado por algún pendiente sin importancia, caminaba por la ultima calle, había pasado el supermercado, estaba a un par de cuadras de la casa y cuando pasaba junto a un auto blanco que estaba de frente a mi lado izquierdo, era un modelo Volkswagen, la puerta del copiloto se abrió y en ese mismo momento alguien me alcanzó por detrás, me puso una pistola en la espalda y luego me golpeó con la cacha en el hombro,  empujándome y obligándome a bajar la cabeza, gritándome que me iban a matar si no me subía.

Me resistí un poco y logré levantar la cabeza, eran tres personas, drogadas o borrachas, uno por la espalda, el chofer y que había abierto la puerta y una muchacha que ya estaba dentro del auto. No lo podía creer, me estaban golpeando, me insultaban, me jalaban por el brazo, mis cosas cayeron al suelo, mi mochila, mi walkman y seguían los golpes hasta tener una pierna y medio cuerpo dentro del auto.

Gustavo, algo agitado por su historia continuó diciendo – Antón, Pensé que me había llevado el carajo, que no los vería nunca más, lamentaba todo lo que estaba pasando, me preguntaba por qué me había distraído, qué había hecho mal, ya casi me tenían dentro del puto auto y entonces reaccioné, como pude di unas patadas y un golpe con el codo a uno de ellos justo antes de que cerraran la puerta, y luego escuché un grito, me soltaron por un momento, empujé al que estaba atrás de mí y como pude salí corriendo en dirección al supermercado.

Corrí como nunca, con el temor de que me fueran a perseguir o soltar un tiro. Corrí y grité, iba corriendo lo más rápido que pude hasta llegar al supermercado, llegué clamando por ayuda y ahí habían guardias de seguridad, ellos me auxiliaron.

- ¿Y qué pasó? ¿Les contaste lo que te había pasado? – pregunté innecesariamente.

- Me preguntaron  si estaba bien, si necesitaba  una ambulancia, les dije que no, que solo tenía unos golpes. Les conté todo lo que me  había pasado y que estaba asustado y les pedí que me acompañaran a mi casa, seguramente me vieron tan desesperado que al final accedieron.

Había estado como una hora en el supermercado hasta que fuimos de vuelta a la calle donde vivía, llegué a la casa, les agradecí de nuevo a los guardias y me encerré, llamé a la puerta de la habitación de los dueños de la casa y les pedí permiso para usar el teléfono, le hablé a la tía Luz y le pedí que localizara a mis papás y que me hablaran por teléfono. En la mañana me habló mi mamá y le expliqué, no le di tantos detalles para no preocuparla y enseguida me dijo que tomara mis cosas, las más importantes y que viajara inmediatamente, que ella me enviaría dinero suficiente.

- Gustavo, ¿qué carajos querían hacerte? – aún no me explicaba qué rayos había pasado.

- No lo sé, no me querían asaltar y robar lo poco que tenía, me querían secuestrar, no sé para qué, para matarme, para violarme, para quitarme algún órgano, ¡no lo sé! – lo escuchaba desesperado, y no era para menos, este “no lo sé” era la indicación de que ya no quería hablar al respecto, que quería descansar y tal vez era lo mejor.

- Ya estás en casa, todo va a estar bien y qué bueno que no te pasó nada más, quédate aquí unos días. Trata de dormir, mañana seguimos platicando. – Él estuvo de acuerdo, me dio las buenas noches y poco después se durmió o eso quise creer.

Gustavo estuvo varios días en casa, tratando de distraerse y recuperándose de sus golpes y la impresión. Mis padres se ocuparon de resolver el tema de un nuevo lugar para que él viviera, uno más tranquilo en una mejor zona de la capital, aunque eso significaba hacer un sacrificio mayor para pagar la renta, pero sabían que era necesario.

De los malditos aquellos no supimos nada, Gustavo no quiso hacer nada al respecto, ni reportarlo a la policía, solo quería olvidarlo y alejarse de ese lugar. Cuando regresó a esa casa, lo hizo de día y acompañado de algún amigo, liquidó lo que debía a la dueña del lugar, que lo entendió inmediatamente, tomó todas sus cosas y las llevó a su nuevo departamento en una camioneta que había rentado.

Gustavo nunca más regresó por esos lugares, estoy seguro que una vez afuera de la casa no volteó ni un segundo. No puedo imaginar todos los sentimientos que cruzaron por su mente conforme se alejaba, tal vez pasaron de la angustia a la felicidad de verse lejos de ahí.

¿Cómo pensar en él y no tener en mente este recuerdo?, una de tantas situaciones desagradables que le sucedieron en esa cruel ciudad, pero él estaba dispuesto a continuar, a seguir adelante con sus estudios, no sé si por el convencimiento de que era necesario tal esfuerzo, o por temor al fracaso, por orgullo, por lo que carajos haya sido; vivió diez años más ahí hasta que se cansó y decidió regresar a casa, aunque las cosas eran demasiado distintas a cuando partió por primera vez, inclusive esa, fue otra situación con las que tuvo que lidiar internamente.

Aún con aquella experiencia decidí seguir su ejemplo, cuando llegó mi momento abandoné el nido y también prevalecí ante mis propias experiencias, ahora sé que valieron la pena cada una de ellas, pues alcancé terminar mis estudios y me ayudaron a formar la persona en la que me convertí.

Fin.
 


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