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Status: Finished  |  Genre: Science Fiction  |  House: Booksie Classic
Una historia en español sobre el alma humana atormentada. Ilustracion Brian Smith (Pasadena) Art of Brian Smith.

Submitted: November 25, 2018

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Submitted: November 25, 2018

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Tenía que escribirlo, escribirlo en alguna parte. Eran tres números, números extraordinarios, tres o dos números sin sentido. Me perdía en mis especulaciones, hasta el punto de no reparar en el paso de las horas. Quizás era una cifra, sea lo que sea, me había absorbido por completo desde que me topé con el hallazgo. No lo podía olvidar, lo escribía, una y otra vez en mi diario, y cada vez que escribía esos números, esos números malditos, volvía a sentir lo mismo que la primera vez que los ví.

Fue en la primavera de 2020. Me encontraba en la Universidad de Ciencias Sociales de Sevilla, al sur de España, terminando mi doctorado en Antropología en la Prehistoria Indoeuropea. Era mi quinto y último año en la ciudad, y estaba deseando marcharme. A final de curso, como colofón a nuestro graduado y en pos de abrir el estudio del arte antiguo a todos los públicos, se organizó una subasta benéfica con algunas piezas de arte que nadie quería, apenas tenían valor, todas ellas habían sido declaradas imitaciones y donadas a la facultad para el estudio académico. Falsas obras de arte, magníficos calcos de cuadros del Renacimiento, esculturas grecolatinas, papiros del antiguo Egipto, figuritas y jarrones mesopotámicos, joyas de la perdida Persia. Una gran colección que servía para satisfacer a los que entendían poco, o nada de arte. Y fue entre esas piezas de traficantes, de imitadores de arte antiguo, donde encontré mi tormento y mi obsesión.

Allí estaba inscrito: 102.

Aquel número me había enloquecido. Y no exagero. Me rondaba por la mente, día y noche, su trasiego en mi memoria era incesante. Sabía que había una clave oculta. Me mude a la capital, a un apartamento en Madrid, en un barrio de alquileres baratos, lleno de inmigrantes ecuatorianos y subsaharianos, que llegaban de sus tierras natales en busca de una falsa ilusión capitalista, allí terminé tras robar la insulsa piedra de la subasta de mi Universidad. Allí me alojé para iniciar mi investigación con algunas piezas que se conservaban en el Museo de Colecciones de la Antigüedad y que sabía que tenían alguna relación. Me recluí prudentemente en mi apartamento durante todo un mes. O quizás fueron algunas semanas. Pero encontré lo que buscaba.

102.

Era negra, parecida a una piedra volcánica, pero estaba pulida, a tal punto de que parecía una piedra vulgar de ónice, o incluso un trozo de carbón fosilizado. No era experto en esta materia, así que contacté con un geólogo tras debatir si era conveniente acudir a un científico y desvelar mi secreto. Envié unas imágenes al doctor Frederick, un hombre ya mayor con una extraordinaria carrera como profesor de investigación en el departamento de Ciencias de la Geología en California, en Estados Unidos. Elegí cuidadosamente quién más conocería la piedra maldita, y él estaba lo suficientemente lejos de mí, tierra y océano nos separaban, así que era improbable que su interés por mi hallazgo fuera peligroso. Nadie había sospechado del robo y Frederick no tenía por qué saberlo. Durante todo mi encierro había estudiado la pieza al detalle, leído al menos dos docenas de libros. No encontré nada similar. ¿Unos números escritos en una piedra, una imitación de obra de arte que databa de la era del hombre de Cromagnon? Claramente era una fábula. Una estafa.

Pensar que alguien echaría en falta esta reliquia era absurdo, pero temía la posibilidad. Mi reputación acabaría hecha trizas antes incluso de comenzar mi carrera como antropólogo, habiendo sustraído algo sin valor. Se preguntarán por qué corrí el riesgo de cometer un acto tan ridículo. Y la verdad es que aún lo pienso y desconozco la respuesta, pero en ese momento, la sabía.

102.

Yo había soñado con el número. Mucho antes de la subasta. Mucho antes de robarla, mucho antes de contactar con Frederick…. Mucho antes de que el portal se abriera. Cada cierto tiempo volvía a mi mente. Tan solo pensar en aquel funesto recuerdo provoca que mi piel se erice y mi corazón se encoja. Eran las 4:00 AM, me dirigí al café bar que estaba abierto las 24 horas. No era ni el mejor sitio, ni el mejor momento para reunirnos, pero allí estaba el viejo Frederick, sentado con una taza de café americano. Me preguntó si había traído la piedra, le dije que no. Le mentí y conseguí manejar la conversación a mi beneficio. Era una piedra desconocida, un mineral extraño. Una piedra volcánica imposible de datar con los métodos del carbono. Los números, escritos a la manera occidental le restaban cualquier credibilidad a la artesanía, y por eso fue catalogada como una mala imitación. Se encontraba en el tesoro de la Reina Escarlata del Perú. Una momia con 3000 mil años de antigüedad. La piedra fósil se guardó, junto a las joyas de oro puro, pero con el paso del tiempo alguien repararía en ella, y de un modo u otro, había acabado en España, en mi Universidad, y había atraído mi atención con una poderosa fuerza que desconocía, y que desde luego, no procedía de mi interior. Conseguí que ese hombre colaborara sin sospechar nada, pero algo en sus ojos me hizo titubear. Su insistencia por ver la piedra, el brillo en su mirada, un brillo de mezquina ambición. Frederick se creía más listo que yo. Intentaba hacerme creer que la piedra maldita, o el mineral volcánico como él lo llamaba, no tenía valor, que alguien había inscrito allí esos tres números sin motivo aparente. Me hizo creer que el significado de aquello solo estaba en mi mente.

102.

Salimos de la cafetería, metí la mano en el bolsillo de mi gabardina. Ahí estaba… su tacto era frío pero me reconfortaba. Era mía, y jamás estaría en las manos de Frederick. Él caminaba tranquilamente hacia su auto, habiendo dado la conversación por zanjada, satisfecho y con una estúpida sonrisa en sus labios, sabía que me había hecho sentir como un auténtico majara, un chalado recién graduado, un joven lleno de fantasías, sin experiencia queriendo notoriedad. Estaba decidido. Me acerqué con naturalidad a Frederick, y modulé mi voz de tal forma que mis palabras sonaron amables, no podía aventurar lo que ocurría en los siguientes minutos, lo despedí abriendo la puerta de su auto para que entrara y cuando bajó su cabeza, arremetí contra él. Le propicié un severo golpe en la nuca, había visto esos movimientos en las películas, y yo no era alguien fuerte, siempre había sido de los que se quedaban atrás, mi madre decía que yo era un chico pacífico y por eso siempre había sufrido burlas, golpes y humillaciones, pero aquel impulso fue instintivo. Lo juro. Una fuerza muy superior a mi logró derribar al viejo, pero el golpe no lo había matado, no. La estupefacción de mi ataque había tomado su débil corazón por sorpresa. Gritó en la noche como un cochino a punto de ser degollado, miserablemente llevó las manos a su pecho, y supe que sentía un gran dolor. Su consciencia se desvaneció mientras su cuerpo quedaba inerte, en su rostro arrugado se había congelado un estupor. Metí su cuerpo en la parte trasera del coche, arranqué y me dirigí hacia la estatal 345-N de Arizona.

102.

Llegué a la casa del viejo, por suerte era demasiado tarde para que algún curioso me viera conducir su auto, en la noche, como dicen, todos los gatos son pardos. Aparqué el vehículo sin prisa y sin temor, en el garaje de Frederick, tal y como aquel viejo lo haría. Me bajé, limpie mis huellas dactilares del llavero, de la puerta y de todo lo que mis manos habían tocado. Cogí a Frederick y lo dejé en el asiento del conductor. Si había muerto, no era de mi incumbencia. Cuando lo descubrieran, iniciarían una investigación, pero yo ya estaría muy lejos y nada me vinculaba con el doctor. Nadie sabía de nuestra reunión, y ese viejo amargado y obsesionado con los minerales no tenía familia, creo que le había dado un ataque al corazón. Mi plan, era algo más que perfecto, era impecable.

102.

Me sorprendí a mí mismo mientras caminaba en la soledad de la noche, en aquel lujoso barrio residencial, pensaba lo rápido que había diseñado el plan en mi mente, lo eficaz y meticuloso que había sido al deshacerme de Frederick, y no pude evitar sonreír. Pero mi felicidad se desvaneció. La piedra me habló, lo juro, ella me habló. El fósil volcánico sabía que había cometido un delito, no sabía qué mierda estaba pasando pero mi mano se quedó aferrada a la piedra maldita, estaba en mi bolsillo, su tacto ya no era frío, de hecho era tan caliente que grité. Grité cuando mi mano se quemaba, intenté separarla, sacarla de mi bolsillo, intenté tirar la piedra pero no pude, algo lo impedía y entonces ocurrió. Recuerdo que en mi espanto, había recorrido a la carrera como un lunático hacia ninguna parte, antes de que aquella luz me cegara, vi que estaba en un bosque, o al menos, pude observar por breves segundos lo que parecía ser un paraje boscoso, oscuro y lleno de ramas secas. Un profundo e irracional miedo se apoderó de mí. Y la luz, aquella luz, qué cojones estaba pasando, no entendía nada. El portal se había activado. Sí, eso es, eso era lo que aquella momia escondía en su tesoro, un instrumento de otro mundo. No había otra explicación lógica para hallarme en aquel bosque singular que había surgido de la nada.

102.102.102.102

La voz repetía el número, yo no podía ver nada, después de aquella luz solo había oscuridad. Parad, parad, está bien, la he robado, dije. Y traté de atar cabos, esto era una fantasía, no había ningún portal. La luz procedía de sus linternas, habían iniciado una búsqueda para atraparme y yo ni siquiera era consciente de tal hecho. Cómo era posible, cómo. Intenté usar el poder de la piedra para teleportarme a un lugar seguro. Uno, cero, dos, uno, dos, repetía, sin saber cuál era el orden, ni cómo se podía usar su poder. Entre tanto, debí haber sufrido una conmoción tan grande, que me encontré tirado en el suelo con la cabeza sangrando, y la piedra estaba en mi mano. Los números estaban grabados a fuego en mi piel, ahora humeante, pero no me dolía. Lo juro, no me dolía. Eso no era lo que me dolía, yo estaba en una cama y alguien repetía ese número mientras sufría unas descargas que recorrían todo mi cuerpo, estaban quemándome por dentro.  

1 0 2.

Uno, dos…

Grité al sentir otra descarga, mi cuerpo se convulsionaba, botaba en la cama, un salto que paralizaba todos los músculos, me congelaban en una posición imposible mientras sufría ese intenso dolor. Yo no podía soltar la piedra de mi mano, no podía, y era la responsable de aquella electricidad que ahora azotaba cada centímetro de mi piel, podía sentir una tensión terrible en mi cabeza, estaba a punto de explotar con cada descarga. Golpeaban mi pecho una y otra vez. Uno, dos…querían matarme, querían la piedra. Todo esto era una parodia para humillarme, una tortura para mortificarme y respiré, antes de dejar de hacerlo. No quería escuchar más aquel número, me había llevado a la misma muerte.

Frederick ha muerto… 102.

Confesé mi crimen sin importarme las consecuencias, odiaba a esa gente, odiaba la piedra, y cuando las descargas pararon, cayó al suelo, y escuché su resonar. Y no quise callar para siempre. Ahora escuchaba sus voces en la lejanía. El fósil, la piedra maldita de algún volcán remoto de la era de Cromagnon, un portal a otro mundo, y esta numeración es la que deben pronunciar para que la puerta dimensional se abra… dije en voz alta, pero creo que no me escucharon.

102.

Y quién es Frederick, dijo una voz. Es su otro yo, su alter ego, siempre quiso ser un científico, a veces cree que es un antropólogo y un descubridor, se inventa personalidades e historias ficticias para justificar su estancia aquí. Claire, trae las correas, debemos atarlo antes de que sufra otra crisis y se dañe a sí mismo. Por el momento hemos controlado su episodio esquizoide, ahora solo necesita descanso y un buen chute de tranquilizantes. Escuchaba pasos, y su conversación, no podía moverme, me habían inmovilizado, me habían drogado, abrí de nuevo los ojos. No, no, no estaba en esa habitación de nuevo, no era igual que el apartamento de Madrid, tampoco esto era la Universidad. ¿Dónde está la piedra? Estoy cerca de saber su secreto, guardadla, no dejéis que se la lleven, pero no podía hacer esos pensamientos palabras. No podía hacer nada.

Y la puerta se cerró y ahí estaba la numeración, inscrita. Nadie entendía qué estaba pasando, ni el poder de la reliquia maldita.

Ellos se creen más listos que yo.


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