Donde todo empezó Vol. 2

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Status: Finished  |  Genre: Other  |  House: Booksie Classic

Chapter 33 (v.1) - Capítulo 5: Karaoke - Centro Comercial - Parte 6

Submitted: August 03, 2016

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Submitted: August 03, 2016

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Capítulo 5:
Karaoke
Centro Comercial

Parte 6

En el tercer edificio, o más conocido como “la zona tres” de ese Centro Comercial.

Es en el primer piso, en el centro, donde se ubica un pequeño estrado de forma circular. En dirección al ascensor se ubica una pequeña cafetería, y alrededor de ella y a un lado del estrado, se dispusieron cuatro grandes sombrillas que albergaban bajo ellas un trio de mesas con sus respectivas sillas. Al igual que las demás zonas, cualquiera podía sentarse a conversar y/o comer algo, reunirse con alguien o tal vez descansar. Era el lugar favorito de muchos clientes.

Aun en el primer piso, en dirección a lo que afuera sería el centro y corazón de todo el centro comercial, y una heladería tras el muro, había un gran stand de accesorios y recuerdos con productos únicos; razón por la cual era bastante popular y muy visitado. Cada mes cambiaban sus decoraciones de acuerdo a un calendario propio y actualizable; éste mes el tema era “Lazos y corazones revoltosos”. Y sus decoraciones siempre fueron de las más vistosas y atrayentes de todo el centro comercial, por ello había una increíble variedad de lazos y corazones en toda la tienda…

…o eso es lo que debería ser.

En lo que debería haber una heladería, un muro reforzado, algunas vitrinas y mostradores, había un enorme agujero parcialmente cerrado por escombros de cemento, acero y vidrio; aún había indicios de fuego, humo y algo de polvo, con mayor intensidad fuera del edificio. La causa de tal desastre fue una explosión provocada desde afuera.

Sin embargo, había algo más trágico y lúgubre que tales desastres materiales. Cuerpos inertes: de hombres, mujeres, niños y ancianos. Los habían dentro y fuera del edificio, cerca o sepultados por escombros, rodeados o sobre charcos de sangre, muchos producto de balas más que por la explosión. Sin embargo, lejos de ser una matanza sin cuartel, la cantidad de muertes ni siquiera cubría el diez por ciento de los clientes que había antes del atentado.

De un momento a otro, un hombre pasó de largo, evitando algunos cuerpos, escombros, sillas, mesas y demás cosas dejadas atrás por los que pudieron, y no, escapar. Vestía ropa deportiva roja con casaca y buzo, nada de otro mundo. Sin embargo, su cabeza estaba cubierta en su totalidad por un pasamontañas y unos lentes protectores. El pasamontañas negro sobresalía de su ropa y tenía el diseño de un cráneo sin la mandíbula inferior, reemplazado por dos huesos largos unidos en línea y otros tres pequeños a un lado del hueso inferior, simulando la forma de una llave. Y en sus manos cargaba un rifle semiautomático, implementado con una culata estilo suizo, un carril para la fijación de accesorios —donde tenía fija una mira óptica de punto rojo, junto a una pequeña linterna—, y un cartucho desplegable.

Caminó hasta pasar el estrado, en la cual y alrededor, había tres hombres con el mismo pasamontañas y lentes, pero con diferentes ropas; uno de ellos con el uniforme de los agentes de seguridad del Centro Comercial. Ellos apuntaban sus armas a las personas arrodilladas sobre el estrado: Sus rehenes.

Y llegó hasta un hombre, un enorme hombre de casi dos metros. Vestía un pantalón estilo militar, y un polo negro de mangas cortas que apenas soportaba la corpulencia del tipo. A diferencia de los demás “terroristas”, él tenía el rostro descubierto, dejando a la vista su corte militar y una nariz ancha. Sus ojos fríos, tenaces y flojos a la vez, observaron a su subordinado, quien le habló en inglés.

  • Los policías están llegando, señor.
  • De acuerdo — su voz ronca y floja no mostró emoción alguna —. La fase dos está completa. Ve a tu posición.

Vio a su subordinado agruparse con los que cuidaban a los rehenes. Los que estaban sobre el estrado fueron los que agruparon del primer y segundo piso; había otro grupo en el tercer piso, sin embargo, para él no eran utilizables. Él los volvió a observar.

Era un grupo numeroso, mayor al esperado. No por ser sobrevivientes del tiroteo, sino por su mala fortuna y decisión. El plan inicial era tener un grupo mínimo para uso práctico, pero al parecer, el tiroteo que hubo contra los guardias de seguridad fue suficiente para atontar a esa cantidad. Algunos lloraban, otros rezaban, algunas madres abrazaban a sus hijos, y algunas adolescentes abrazaban sus piernas tratando de calmar sus nervios; todo era producto del miedo y la desesperación reprimida. Pero sobre todo, lo que más predominaba era la resignación, la resignación de que alguien pueda salvarlos sin un precio; los cuerpos sin vida de los agentes de seguridad eran la prueba de ello. Observando esto, el hombre no evitó que un extremo de sus labios se levantara, en señal de burla y desprecio.

Es en medio de esa gente, y quienes no escapaban de las mismas características emocionales, cinco chicas que habían salido de una habitación de karaoke, de la segunda zona, con el propósito de comprar recuerdos para todos sus amigos. Pero lo que no esperaban era que, después de cruzar el pasillo que unía la zona dos a la tres en el cuarto piso y bajar al primer piso por las escaleras automáticas, una horrible explosión destrozara el edificio y sus ilusiones. Inmediatamente apareció un grupo armado, pero ellas no estaban al tanto de lo que sucedía, sino que, asustadas por un tiroteo posterior, se refugiaron en una de las tiendas más cercanas e intentaron cubrirse bajo algunos muebles con la esperanza de protegerse; después de todo, ¿qué podían hacer en una situación así? Después de que los terribles estruendos y los gritos cesaran en su mayoría, uno de los “terroristas” las encontró y obligó a ir al estrado. Fue en ese momento que una de las chicas, la nueva en el grupo, calmó a sus nuevas amigas e hizo todo lo posible para que no sucediese algo peor para ellas.

Sin importarle las circunstancias —ni la vida de sus rehenes—, ese enorme hombre, al parecer el líder, levantó su mano derecha hasta su oreja y presionó su auricular transmisor.

  • ¿Todo listo en sus posiciones?

Ante su voz, recibió varias respuestas de afirmación: del hombre al mando de los cuatro que estaban en el tercer piso, de los dos que cuidaban los pasillos del cuarto piso, del que estaba en la sala de control, del que se ubicaba en la azotea, y el asentimiento de los cuatro que estaban con él.

  • Entonces…

Caminó hasta los rehenes, bajo su mano y estrelló sus palmas para llamar la atención de todos.

  • Escúchenme todos. — Y esperó un par de segundos para continuar —. Solo tengo una orden, y es que hagan todo lo que les diga y nada más.

Su japonés apenas era entendible, y su tono era aburrido, pero aun así, la imponencia de su voz fue suficiente para intimidar a todos los presentes.

  • Entonces…

Sacó una pistola automática de su cinturón; algunas persona dejaron salir un pequeño gemido retenido, otras empezaron a temblar pensando lo peor, y otras empezar a llorar tapándose la boca. Pero lo que no se esperaba es que uno de ellos…

  • ¡¡NO!! ¡NO QUIERO! ¡NO QUIERO MORIR, NO QUIERO MORIR, NO QUIER-!

Un hombre se levantó e intentó escapar, pero ninguno de los “terroristas” lo detuvo. Sin embargo, un fuerte estruendo calló sus alaridos y lo hizo caer al suelo, formando un charco de sangre alrededor de su cabeza.

  • Pf… Al menos no es necesario mencionar lo que pasará si no me hacen caso.

Con su pistola en mano y una minúscula señal de humo proveniente de ella, se burló de lo sucedido. Ni siquiera se molestó de decirlo en japonés. Después de todo, al oír sus gemidos ahogados, al ver sus ojos estremecidos e incapaces de aceptar o reaccionar ante lo que acaban de presenciar, lo dejaron satisfecho.

Pero aun después de encontrar una pequeña chispa de emoción, volvió a mostrarse aburrido y hartado. Sin embargo, su mirada, su presencia misma, no dejaba de reflejar su poco aprecio a la vida, mostrando a un asesino experimentado y listo para disparar al siguiente revoltoso.

  • Entonces… — mirando a sus subordinados —, elijan a diez.

Dijo esto y se caminó hacia otro lado. Levantó una silla y se sentó para observar a quienes serían la clave de la siguiente fase del plan.

Después de unos minutos, y ya contados los diez elegidos, se puso de pie y les observó con más detenimiento. Eran cuatro hombres de traje, dos adolescentes, dos señoritas que parecían haberse desviado de la oficina y finalmente dos chicas de preparatoria, Mizuki Kotori y Shimizu Aika. Algunos no podían controlar el temblor de sus piernas, pero de algún modo lograron levantarse y mantenerse de pie, otros estaban cabizbajos, resignados, pero todos tenían algo en común…

Miedo.

Era expresiones que veía a menudo, y a base de casi los mismos métodos. Por eso estaba aburrido. No era más que el mismo trabajo de siempre, con la única diferencia en el lugar. Así que sin más que esperar, continuó:

  • Entonces…


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